El caso contra la educación, una reseña

Existe un amplio consenso social y político en relación con la importancia de la educación. Está considerada un eficaz mecanismo en pro de la igualdad y una fuerza promotora del cosmopolitismo. También pensamos que es la mejor forma de promover la igualdad de oportunidades. Todos pensamos que cuanta más gente con educación de alto nivel haya, más productiva será la economía y mejor funcionará la sociedad.

Pero hay quienes no comparten esas opiniones. Keneth Arrow y Michael Spence, ganadores del Nobel de Economía en los setenta del pasado siglo, propusieron que la razón por la que la gente con más años de formación gana más dinero no es solo que hayan adquirido mayores capacidades y conocimiento, sino que el título que han adquirido es una señal informativa destinada a los empleadores. Y un libro recién publicado (The case against education, por Bryan Caplan) ha recogido y analizado un gran volumen de datos al respecto. La tesis que sostiene el autor es que solo una pequeña parte del plus salarial de los titulados superiores se justifica por el conocimiento y capacidades que adquieren en sus estudios.

Caplan sostiene que la educación inútil es ubicua. Afecta a todo tipo de carreras. En todas se estudian contenidos que no se utilizan nunca, tanto en disciplinas eminentemente teóricas como en las de índole práctica y de base muy cuantitativa. La abundante literatura empírica que analiza el efecto de la educación sobre los ingresos parece contradecir ese punto de vista, pero solo en apariencia, según Caplan, ya que el bonus salarial podría no ser debido a un mayor nivel formativo, sino a una mayor inteligencia; al fin y al cabo, ambas variables están fuertemente correlacionadas.

Bryan Caplan hace uso de tres líneas de investigación para desarrollar su tesis. Recopila, por un lado, información relativa a la magnitud de lo que se olvida tras haber sido estudiado. Cinco años después de haber estudiado una lengua extranjera o geometría se olvida la mitad de lo aprendido si no se hace uso de ello. Solo la mitad de los que completan estudios secundarios alcanzan niveles de conocimiento intermedios o superiores en materias cuantitativas básicas; y aunque la mayor parte de ellos han cursado varias asignaturas de ciencias, menos de una tercera parte sabe que un átomo es mayor que un electrón.

Frente a esos datos suele argumentarse que aunque los estudiantes olvidan lo estudiado, aprenden a aprender y a pensar críticamente. Sin embargo, la capacidad para resolver problemas haciendo uso del conocimiento cuantitativo adquirido es, al parecer, muy dependiente del contexto. Y aunque es cierto que el cociente de inteligencia (IQ) se puede elevar hasta en 5 puntos tras varios años de estudio, es posible que lo aprendido sirva para responder de forma adecuada a los tests de inteligencia; el IQ es, al fin y al cabo, un indicador del factor g, la inteligencia genuina y es posible que esta no cambie con la formación. A esa constancia obedecería el hecho de que las mejoras en las tareas cognitivas para las que se aprende no se suelen trasladar a otras tareas.

Por otro lado, Caplan cree que una buena educación puede mejorar capacidades no-cognitivas que son deseables para el desempeño de un trabajo, como son la extroversión y la amabilidad, cualidades deseables en muchos trabajos de cuello blanco. También es posible que la educación dé acceso a trabajos con compañeros más capacitados, de manera que el efecto combinado de la mayor capacidad de los compañeros sea erróneamente atribuida el efecto de la formación recibida. Pero ninguna de estas razones suelen esgrimirse por quienes defienden los beneficios que proporciona la educación.

Caplan sostiene que la educación cumple una función de señalización (signaling) en el sentido de que un título, más que acreditar unos conocimientos o capacidades útiles, lo que hace es proporcionar a los empleadores otro tipo de información que les resulta útil. El dato más sólido a favor de esa idea es el denominado efecto pergamino (sheepskin effect), en virtud del cual el grueso de los beneficios de la educación se obtienen solo tras cursar el último año y obtener el diploma o título (el “pergamino”). Si fuese el grado de formación alcanzado lo que determina el nivel de ingresos, tal nivel debería ser proporcional a los años cursados con éxito. Sin embargo, la obtención de un título proporciona unos ingresos desproporcionadamente superiores. Aunque el efecto se observa también en niveles preuniversitarios, en los grados universitarios se observa que cada año cursado aporta un incremento de ingresos del 6%, pero el último año (y el título) proporcionan un 30% más de ingresos. La importancia del diploma radicaría, entonces, en que el hecho de no terminar un grado es una señal de falta de ética, de diligencia o de otros rasgos considerados valiosos para los empleadores.

Por último, Caplan argumenta que si el nivel de formación de la población es un factor positivo para la economía de un país, ese efecto debería manifestarse a nivel global. Sin embargo, la comparación entre el beneficio relativo que reporta a los individuos el obtener un título universitario y el que obtiene un país por el hecho de tener más o menos personas tituladas no permite llegar a esa conclusión. Un año más en promedio de formación en la población de un país solo eleva un 1,3% los ingresos del conjunto de la población; al parecer lo que ocurre es que los que carecen de títulos ingresan menos en proporción. En otras palabras, los “mejor educados” (con el correspondiente título) ganan más a costa de los “menos educados” (sin título). No es un juego de suma cero, pero le anda cerca.

Estoy seguro de que hay muy buenos argumentos en contra de la tesis de Caplan. Pero creo que merece la pena que se analicen los suyos (basados en datos) con rigor, porque de ellos se pueden derivar interesantes conclusiones. Quizás habría que empezar a pensar en estudios universitarios organizados de acuerdo con un sistema diferente de acreditación de conocimientos y capacidades, un sistema más flexible que, en vez de proporcionar un título al acabar un número preestablecido de cursos, acredite logros por etapas. Lo estamos haciendo ya con algunos títulos propios en las universidades, pero quizás deberíamos ensayar el modelo con los estudios oficiales.

Y si resulta que del debate de sus tesis llegamos a la conclusión de que son erradas, nuestros argumentos saldrán reforzados del contraste.

 

Ficha

Autor: Bryan Caplan

Filiación: George Mason University

Título: The Case Against Education-Why the Education System Is a Waste of Time and Money

Editorial: Princeton University Press, Princeton y Oxford.

Juan Ignacio Pérez Iglesias
Catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). Académico de Jakiunde.

3 thoughts on “El caso contra la educación, una reseña

  1. Los sistemas educativos solo pretenden domesticar a las poblaciones nacionales a través de un aparato de control mental ejercido por los Estados. Se han generado unos cuerpos burocráticos con multitud de especialistas de ese mismo Estado que sólo sirven para que se crea que ese entramado es necesario, que es racional y encima que todo lo que ejecuta por tales impostores es en pos de la libertad, la democracia y los derechos humanos. Flatus vocis, que dirían los latinos.

    Ahora con las crisis periódicas del capitalismo y derrotada la sociedad alternativa que se creía que era y podría llegar a ser la experiencia soviética, los gerifaltes del capital ya no necesitan encubrir sus proyectos totalitarios con la ayuda impagable de sus miserables Estados. Y ya van dejando ver que lo que hemos llamado educación no era tal. Y que mejor habría sido llamarla realmente por su nombre: sumisión y obediencia ciega a los dictados del Capital. La URSS sirvió de contramodelo, pero realmente actuaba como el espejo de la producción capitalista. Si no hubiera existido, habría sido necesario crearla. Y de alguna manera así se hizo. Todavía hoy en la cabecitas de muchos no está la experiencia real e histórica del socialismo soviético, sino lo que se quiso hacernos creer que allí existía.

    La cantidad de estupideces que los programas educativos han hecho aprender a sus poblaciones de manera inútil e innecesaria da la prueba de cuán sumisos y obedientes nos han hecho ser. No hay ningún profesor que no sepa eso. Pues ellos mismos saben más que nadie lo rápido que olvidan lo que ellos mismos acaban de explicar. Conozco a muchos de ellos. Y a la media hora de haber dado su lección “magistral” ya no recuerdan absolutamente nada de lo que les han “explicado” en clase a su lamentable alumnado. Ya no es necesario subrayar las increíbles contradicciones que realizan entre sus palabras y sus irreflexivos actos, aunque nos quieran engatusar con que ellos son los paladines de llevar a cabo la coherencia con la acción reflexiva que preside su educada y racional vida. Nada de ello se halla si se analizan las cosas de manera concienzuda y pacientemente.

    A veces la situación es tan lamentable que aquellos estudiantes que se resisten a ser sodomizados a diario por tanto engaño y tanta pasividad son los que se rebelan, y serán precisamente estos los que serán amonestados, castigados, vilipendiados continuamente ante las fantasmadas de las Juntas de Convivencia. El resto que es la inmensa mayoría soporta hasta lo indecible cual acémilas descerebradas y tragan a paletadas todo lo que le echen.

    Hoy se nos quiere hacer creer que quien no ha aguantado servilmente durante años las majaderías de los sistemas educativos no puede llegar a una edad adulta y ser Alguien. La historia en cualquiera de sus ramas nos muestra todo lo contrario: sólo han llegado a ser Alguienes aquellas personas que no han asumido como cobardes y miserables las inútiles enseñanzas que imparten los aparatos ideológicos y represivos del Capital a través del Estado.

    Lo que sí prueban los enormes y disparatados gastos sociales en educación como en pensiones es que el comunismo no sólo es factible, sino que es necesario, racional e indispensable. Pero el comunismo definido, como Karl MARX lo definiera en El Capital, como el verdadero y auténtico reino de la Libertad.

    Si las sociedades capitalistas echaran cuentas de lo que cuestan los inútiles sistemas educativos que son capaces de mantener encerrados por casi veinte años a más de un 20% de sus respectivas poblaciones nacionales, los sistemas burocráticos incluyendo desde los diferentes cuerpos de funcionarios del Estado hasta sus instituciones políticas parlamentarias, así como los sistemas de pensiones para sus poblaciones jubiladas, entonces nos daríamos cuenta de varias cosas, a saber en forma de preguntas: ¿quiénes son los que realmente trabajan en profesiones radicalmente productivas? ¿Cómo es que una ínfima minoría es la que es capaz de generar tanto y encima se les engaña, se les roba y se les enmascara su actividad diaria?

    La educación no tiene nada que ver con la enseñanza. ¿Cuántos doctores, en cualquiera de las miles de disciplinas, en las más altas instancias educativas carecen de modales y hasta de la más mínima educación, y que por no saber no saben ni ver ni tan siquiera respetar a quienes trabajan duro, en las más variadas y complejas profesiones, para que puedan llevar sus vidas altaneras, irrespetuosas e irresponsables?

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