EL SUICIDIO: UN FENÓMENO ENIGMÁTICO

 

El suicidio es, probablemente, la muerte más desoladora que existe y  deriva de una pérdida radical del sentido de la vida de la persona afectada, así como de un debilitamiento de sus redes afectivas, familiares y sociales. Así, en la toma de decisiones del suicida hay tres componentes fundamentales: a) a nivel emocional, un sufrimiento intenso; b) a nivel conductual, una carencia de recursos psicológicos para hacerle frente; y c) a nivel cognitivo, una desesperanza profunda ante el futuro, acompañada de la percepción de la muerte como única salida. Por ello, el suicidio no es un problema moral. Es decir, los que intentan suicidarse no son cobardes ni valientes; solo son personas que sufren, que están desbordadas por un profundo malestar emocional que se sienten incapaces de afrontar y que han perdido por completo la esperanza. A los suicidas, vencidos por las circunstancias vitales, les pesa la vida hasta un extremo insoportable.

Sin embargo, muchas personas que llevan a cabo una conducta suicida no quieren morir (de hecho, son muchas más las tentativas suicidas que los suicidios consumados); lo único que quieren es dejar de sufrir y, por eso, pueden estar contentos de no haber fallecido una vez que el sufrimiento se ha controlado.

La muerte por suicidio constituye un problema de salud pública y es la primera causa de muerte no natural. Hay más personas que fallecen por iniciativa propia que la suma total de todos los muertos provocados por homicidios y  guerras, lo que no deja de resultar sorprendente. Por lo que a España se refiere, todos los años se producen de 3.500 a 4.000 suicidios consumados (3.679 en 2017) y en torno a 25.000-50.000 intentos de suicidio. La tasa de suicidios consumados en España es diez veces mayor que la de víctimas de asesinatos (292 en 2016)  y dos veces mayor que la de víctimas de accidente en carretera (1.943 en 2017), con la diferencia respecto a estas últimas de que no se percibe una reacción similar (a nivel de medidas preventivas, por ejemplo) por parte de la sociedad.

Más allá de estas cifras oficiales,  el impacto psicológico de la conducta suicida alcanza directa y dramáticamente a los familiares del sujeto afectado.  No se puede dejar de lado a los seres queridos de la persona que ha consumado un suicidio. A los supervivientes, además del dolor de la pérdida, les queda con frecuencia la vergüenza de revelar el motivo real del fallecimiento y el sentimiento de culpa por lo que se pudo haber hecho y no se hizo. Cuando alguien se quita la vida, el silencio lo llena todo.  ¿Qué sabe nadie lo que piensa una persona en el instante supremo en el que decide quitarse la vida? Ante eso solo cabe una actitud de profundo respeto.

Si bien el suicidio se produce fundamentalmente en las edades medias de la vida, hay dos picos crecientes en las cifras de suicidio: la adolescencia/juventud (el 29% del total de suicidios consumados) y la vejez (el 37%). Por lo que a los adolescentes y jóvenes se refiere, el consumo abusivo de alcohol/drogas, la aparición de una depresión o de un brote psicótico, un entorno familiar y social deteriorado, un desengaño amoroso (las tormentas emocionales son más intensas a estas edades), una orientación sexual no asumida, el fracaso escolar reiterado, el ciberacoso, junto con algunas características de personalidad (impulsividad, baja autoestima, inestabilidad emocional, dependencia emocional extrema), pueden generar un vértigo de vivir y convertirse en desencadenantes de la tentativa de suicidio o del suicidio consumado. Si bien este es el perfil de los adolescentes que acaban quitándose la vida, ello no quita para que haya suicidios que resultan imprevisibles. En estos casos el suicidio surge de forma imprevista y opera como un impulso que se convierte bruscamente en acto. Por otra parte, muchos adolescentes se implican en autolesiones o tentativas de suicidio no mortales, como la ingestión de fármacos o los cortes superficiales en antebrazos, que suponen una poderosa llamada de atención del malestar emocional en que se encuentran y que alteran la dinámica familiar/social. Pero esta tentativa se puede convertir más adelante en un suicidio consumado si no se toman las medidas adecuadas.

A su vez, las personas adultas pueden experimentar una sensación de fracaso existencial o un reproche social por sus conductas que les sume en una profunda desesperanza. Si a esta situación se añade la presencia de soledad, de una red pobre de apoyo social, de trastornos mentales (depresión, alcoholismo o esquizofrenia especialmente) o de enfermedades crónicas incapacitantes o con mal pronóstico, estas personas pueden planear el suicidio y recurrir a métodos rápidos y efectivos (precipitación, ahorcamiento, atropello, arma de fuego). Por último, el suicidio es más frecuente en personas ancianas, más si son varones, se sienten solas, están deprimidas (lo que no siempre se diagnostica adecuadamente, al confundirse con el deterioro cognitivo), se muestran incapaces de valerse por sí mismas y sienten que son una carga para los demás. Los ancianos pueden no dar señales previas ni haber cometido tentativas previas de suicidio.

En cuanto al sexo, si bien las tentativas de suicidio son  más frecuentes que en  los hombres, la incidencia del suicidio consumado entre las mujeres es tres o cuatro veces menor que entre los hombres porque su determinación para provocarse la muerte resulta inferior. Entre las posibles razones de este hecho se encuentran la misión de la mujer como protectora de la vida y su mayor rechazo hacia los métodos violentos. Asimismo los hombres son más impulsivos, tienen una menor tolerancia al sufrimiento crónico y están más afectados por trastornos adictivos (alcoholismo, abuso de drogas, ludopatía). Además muchos hombres tienen una forma insana de vivir sus dificultades emocionales: a) soportan peor la soledad o la ruptura de pareja; b) no suelen hablar de sus problemas, por lo que no liberan su carga de sufrimiento; y c) viven en general con mayor estrés su actividad laboral.

No siempre hay un trastorno mental detrás de un suicidio. A veces puede darse el suicidio por balance, cuando una persona, a pesar de sus esfuerzos prolongados durante mucho tiempo, llega a una situación en que para ella la vida carece ya de sentido o en que se encuentra ya sin fuerzas para afrontar más dificultades. Es decir, hay un hastío de la vida y una pérdida del deseo de vivir, sin ninguna proyección de cara al futuro.

Los signos de alarma de riesgo suicida constituyen un motivo de estudio desde la perspectiva de la prevención. En concreto, los intentos previos de suicidio (sobre todo, si se ha recurrido a métodos potencialmente letales), los antecedentes de suicidio en la familia y la expresión verbal, más o menos explícita, de un sufrimiento desbordante y del propósito de poner fin a la vida (en forma de gestos o amenazas suicidas), mucho más aún cuando hay una planificación de la muerte (cambios en el testamento, notas de despedida, etcétera), constituyen signos de alarma. Todo ello se potencia cuando hay un agravamiento de un trastorno psicopatológico, el padecimiento de una enfermedad crónica que cursa con dolor o una sensación intensa de soledad. Por lo que se refiere a las tensiones vitales múltiples (conflictividad familiar, pérdida de empleo y situación económica desfavorable, descubrimiento de un escándalo político o económico, desengaños amorosos, fallecimiento reciente de un familiar cercano, etcétera), estas tienen un valor predictivo en personalidades vulnerables con tendencias impulsivas, con baja autoestima y con pocas respuestas de afrontamiento. Muchas personas que se quitan la vida lo han hablado antes, de una forma más o menos explícita, o avisan de su posible suicidio. Cualquier anuncio de muerte en este contexto debe encender siempre una luz roja de alarma.

A nivel cognitivo, la desesperanza, sobre todo cuando viene acompañada de   pensamientos suicidas reiterados (anticipación imaginaria de la muerte), es probablemente el sentimiento más suicidógeno. De hecho, convendría invertir el dicho popular de “mientras hay vida, hay esperanza”por lo contrario:“mientras hay esperanza, hay vida”. A veces la desesperanza puede venir acompañada de ira, rabia o deseos de venganza. En estos casos hay una expresión de un gran sufrimiento o de angustia emocional.

Por último, el suicidio siempre ha estado rodeado de una aureola de silencio y de miedo al efecto contagio en los medios de comunicación, pero esto puede impedir los esfuerzos de prevención. Así, puede haber un efecto imitativo si la noticia, sobre todo si es de un personaje famoso, aparece en portada, es extensa y con un enfoque sensacionalista, se dan detalles del método de muerte empleado o del lugar, se aborda el suicidio como un acto de valentía o  se dan hipótesis simplistas acerca de las causas de la muerte autoinducida. Sin embargo, el efecto contagio no ocurre cuando la información se enfoca a sensibilizar a la población y prevenir el suicidio (dar la noticia correctamente, divulgar grupos de riesgo, mostrar a dónde acudir en caso de riesgo de suicidio, etcétera).  Es decir, no se trata de ignorar las noticias sobre suicidios, sino de darlas adecuadamente.

Enrique Echeburúa
Catedrático de Psicología Clínica de la UPV/EHU. Académico de Jakiunde.

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