El penoso año 1936 y la crisis tras el “incidente del Paraninfo” en el final de la vida de D. Miguel de Unamuno

      

       

El “incidente del Paraninfo”

D. Miguel sufrió directamente las consecuencias trágicas del desgraciado año 1936 que ensangrentó a España. Además del horror de ver y sufrir en sus amigos y próximos la brutalidad de los “hunos y de los hotros” se encontraba muy solo pues añoraba intensamente a su esposa fallecida, estaba muy preocupado por la suerte de sus hijos que habían quedado en Madrid y por acuciantes problemas económicos.

Son numerosas las versiones que se han elaborado sobre lo que aconteció durante el “Incidente del Paraninfo”. La versión que se ha dado en llamar “canónica” es la que procede de un artículo de Luis Portillo en la revista Horizon de Londres1. Esa versión es la que después hicieron popular varios escritores que la recogieron en sus obras, como Hugh Thomas en su Historia de la Guerra de España y Carlos Rojas o Ricardo de la Cierva en sus biografías de Unamuno. Sin embargo, otros biógrafos como Emilio Salcedo2 o el matrimonio Rabaté3,4,5 han ofrecido diferentes relatos de lo acontecido. Severiano Delgado6 ha llegado a la conclusión de que el artículo de Portillo fue puramente propagandístico. Según Portillo, Millán-Astray pronunció un encendido discurso ensalzando la guerra y los valores militares, a lo que Unamuno contestó con otro discurso no menos lírico (“este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote…”) y además audaz, llamando inválido al general. Pero Delgado asegura que todo ello fue una invención de Portillo, cuya intención en aquel momento crítico de la II Guerra Mundial era la de confrontar la violencia de los militares con el mundo de la intelectualidad, tomando a Millán-Astray y a Unamuno como sus respectivos arquetipos y sin ninguna intención de rigor histórico.

Una idea más aproximada de lo que ocurrió en el Paraninfo se puede extraer de los testimonios que han dejado algunos testigos presenciales como José Pérez-López Villamil7, Eugenio Vegas-Latapie8 y José Mª Pemán9. Incluso el propio Millán-Astray dejó un informe de lo ocurrido que resulta interesante de consultar10.

Era el 12 de octubre y se celebraba el día de la Raza (o de la Hispanidad, según Unamuno y otros preferían). Hay un acuerdo casi general sobre lo que ocurrió en la primera parte del acto en el Paraninfo de la Universidad. Presidía la mesa D. Miguel, que tenía la representación de Franco. Le acompañaban el cardenal Plá y Deniel y el general Millán-Astray como se confirma en la única mediocre fotografía que se ha publicado de aquel acto (fig. 1). Dña. Carmen Polo llegó tarde y, al parecer, Pemán le cedió su puesto en la mesa. Los cuatro oradores previstos en el programa, José María Ramos y Loscertales, Vicente Beltrán de Heredia, Francisco Maldonado de Guevara y José Mª Pemán, hicieron sus discursos en el modo esperado, ensalzando las glorias de la patria, el imperio, la raza, etc. Maldonado, además, hizo alusiones a la guerra internacional que se estaba llevando a cabo en España en defensa de la civilización cristiana, contra los antipatriotas, los separatistas vascos y catalanes, etc. Entonces, D. Miguel sacó del bolsillo una carta, que en demanda de gracia le habían dado para hacerla llegar a Franco, y en su dorso escribió, junto a los nombres de los oradores, una serie de palabras o frases (fig. 2) que fueron la base del pequeño discurso que pronunció a continuación, pero no como dijo Portillo en respuesta a Millán-Astray, puesto que este no había tomado la palabra.

Los testigos presenciales discrepan en los detalles de las palabras de Unamuno pero, en lo esencial, coinciden en que calificó a la guerra como “incivil”, entre españoles, dudando de su capacidad de defender la civilización cristiana, negó el concepto de “anti-España” referido sobre todo a vascos y catalanes, resaltó la extensión del odio entre españoles que la guerra comporta, pronunció la famosa frase “vencer no es convencer” y censuró a las mujeres salmantinas que asistieran con crucifijos y escapularios a los fusilamientos. Todo esto suponía rebatir el conjunto de los argumentos que los militares aducían para justificar la guerra y los fusilamientos, que eran como actos de expiación pues a los ajusticiados se les ofrecía la confesión y los últimos sacramentos antes de morir “cristianamente” saldadas sus culpas. Además, en los apuntes de Unamuno en la carta se puede leer “Imperialismo lengua” y “Rizal”. Según Pérez-López7, Vegas-Latapie8,y el propio Millán-Astray10, D. Miguel hizo la pirueta intelectual de asegurar que el verdadero pilar del imperio español, de la hispanidad que él quería celebrar, había sido la lengua, lo que parece justificado desde su perspectiva de lingüista y escritor. Pero para afirmarlo eligió el ejemplo menos oportuno en aquel momento, pues hizo alusión al médico y escritor filipino Rizal quien, ciertamente, teniendo el tagalo como lengua materna había hecho toda su obra poética en español. Pero no tuvo en cuenta que Rizal había sido uno de los principales impulsores intelectuales y políticos de la independencia de Filipinas en cuya guerra había participado Millán-Astray.

Y entonces fue cuando el general, sin poder contenerse, se puso en pie dando puñetazos con su única mano y “gritos arrebatados” según Pemán9 y otros testigos. Hay discrepancias si la frase que Millán-Astray pronunció a continuación fue “muera la intelectualidad” o “mueran los intelectuales” matizando en seguida “los intelectuales traidores” que fue recibida con una ovación. Sea como fuere, los testigos describen que se levantó un “tumulto”, un “ maremágnum”, en el que se oyó ruido de amartillamiento de armas. Millán-Astray ordenó a Unamuno que diera el brazo a Dña. Carmen y saliera con ella, aunque Pérez-López7 atribuye la iniciativa al catedrático de derecho que los cogió del brazo a los dos. Vegas-Latapie8 llega a afirmar que quizás el ir con la Sra. Polo salvara la vida a D. Miguel, quien abandonó el paraninfo entre insultos y amenazas. Según Pérez-López7 después salió el resto del Claustro “con tal susto dentro del cuerpo, con tal miedo, que éramos incapaces de articular palabra alguna… Aquello fue tremendo…

El testimonio del propio Millán-Astray10 es relevante aunque, sin duda, sesgado. Fue una especie de informe interno probablemente dirigido al Caudillo, cuyo título comienza significativamente como “Conducta observada por D. Miguel de Unamuno…” y se conserva en su archivo personal según su biógrafo Togores10. En él, el general le envíó varios dardos envenenados a Unamuno. Empezó por señalar que D. Miguel había estado descortés con Dña. Carmen no saliendo a recibirla, lo que sin duda tomaría en cuenta Franco, obviando que la Sra. llegó tarde cuando la mesa presidencial ya se había formado. Después resaltó que Unamuno indicó en la apertura del acto que él ostentaba la representación del “Jefe de Gobierno del Estado” y no del “Jefe del Estado” y ahí ya le dolía más a Franco después de lo mucho que había intrigado y trabajado con su hermano Nicolás para conseguir de sus compañeros generales en la Junta Militar todos los poderes del estado. Y, por último, recogió las palabras pronunciadas por Unamuno referentes a que “…no hay anti-Patria lo que quiere decir que los rojos no eran antipatriotas, …un canto a Vasconia y Cataluña regiones separatistas, …una cosa es vencer y otra convencer… esa insidia que quiere decir que con las armas no se gana la razón, …la protesta por la asistencia de las Sras. a los fusilamientos… y la alusión a Rizal… ejemplo de la conspiración de comunistas ruso-soviéticos-judío-masones” un compendio de lo que, sin duda, Franco tomaría como una enmienda total a sus argumentos a favor de la sublevación y la guerra.

Añadió Millán-Astray cosas que nadie oyó. Que él pidió la palabra para hablar y no se le concedió y que, entonces, a pesar de su indignación, pronunció un pequeño discurso dirigido a los estudiantes –que en realidad no estaban presentes en gran número- para que “Cuando volváis purificados de la guerra… tened mucho cuidado con los hombres sutiles y engañosos que con palabras rebuscadas y falsas llevarán el veneno a vuestras almas.» Hombre astuto, que sin duda esperaba que este testimonio suyo fuera criticado porque nadie más menciona semejante parlamento, añadió a continuación: “No recuerdo exactamente mis palabras, pero el concepto fue este”. Terminó Millán-Astray señalando que fue él quien ordenó a Unamuno dar el brazo a Dña. Carmen y que ese gesto, y el ir él mismo detrás, le pudo salvar la vida ante los falangistas violentos. Aún añadió el general otro supuesto testimonio muy corrosivo contra Unamuno. Aseguró que D. Miguel se encontró a la salida del Paraninfo con el médico y periodista Victor Ruiz Albéniz (su pseudónimo era Tubib Arrubi) y que a su pregunta sobre lo sucedido le contestó “…que llevaba dos bombas guardadas, las he tirado y han estallado» dando a entender que Unamuno llevaba ya preparada al Paraninfo una intención provocadora.

Se ha producido en los últimos años una corriente de opinión “revisionista” de lo sucedido en el Paraninfo, negando que hubiera ninguna confrontación entre Unamuno y Millán-Astray. Uno de los apoyos a tal idea es el descubrimiento de una segunda fotografía a la salida del Paraninfo (fig. 3). En ella se observa a Dña Carmen entrando en el coche y a Millán-Astray despidiéndose de D. Miguel y del cardenal en actitud aparentemente amigable, con algunos de los presentes brazos en alto. En la primera foto conocida anteriormente y que en realidad está tomada unos segundos después (fig. 4) se observa que Millan Astray ya ha subido al coche, que está rodeado de sus escoltas, y que todos los brazos en alto se han vuelto hacia él. Esto ha propiciado la interpretación de la primera foto (fig. 3) como una amable despedida del general a D. Miguel y que los gritos de los falangistas no eran de repulsa a Unamuno sino de apoyo a Millan Astray. Es posible que la despedida fuera cortés, pero los testimonios de los testigos del acto antes mencionados no dejan lugar a duda de que el encontronazo en el Paraninfo fue muy violento con un fuerte rechazo hacia Unamuno5. Existe, también, el testimonio del propio D. Miguel que le dijo en una carta a Quintín de la Torre unos días después del incidente: «¡Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán-Astray».

La crisis final de D. Miguel
El incidente del Paraninfo tuvo muy graves consecuencias para Unamuno. La primera es que fue abucheado aquella misma tarde en el café Novelty donde tenía su tertulia desde hacía años y se le sugirió que no volviera. Además recibió recomendaciones u órdenes –en eso no hay acuerdo-, oficiales y a través de su familia, para que no saliera de su domicilio. Un comisario le vigilaba, aunque el testimonio de D. Miguel fue que no hacía falta pues no pensaba ya salir de su casa. El ayuntamiento le retiró su nombramiento de concejal y de alcalde honorario. La peor noticia, y que le dolió mucho, fue que sus propios compañeros de claustro votaron la propuesta, que cursada por conducto reglamentario fue firmada luego por Franco, de que fuera destituido del rectorado.

Con todo ello, Unamuno envejeció mucho y rápidamente. Nikos Kazantzakis, uno de los muchos periodistas o escritores a los que recibió en las semanas siguientes al acto del Paraninfo, que lo conocía y admiraba profundamente, vino a España como corresponsal para intentar entender aquella guerra terrible. Y fue directamente a Salamanca porque pensaba que Unamuno era quien mejor se lo podía explicar. Y dejó este testimonio tremendo de su encuentro el 21 de octubre en el domicilio del rector: “Cuando la puerta se abre veo a Unamuno súbitamente envejecido, literalmente hundido y ya encorvado por la edad”.

No es aventurado imaginar que la crisis y el estrés del incidente del Paraninfo y sus consecuencias pudieron acelerar la muerte súbita, probablemente cardíaca, de Unamuno el 31 de diciembre mientras charlaba con Bartolomé Aragón, uno de sus discípulos quien, al parecer, tuvo el detalle de ir a visitarle sin lucir el uniforme falangista. En el entierro de D. Miguel se produjeron otras varias de las muy notables paradojas y contradicciones de su vida. Su féretro fue llevado a hombros por falangistas, quizás los mismos que le abuchearon en el Paraninfo, pero que lo cubrieron con su propia bandera. Los catedráticos que acababan de reprobarlo pusieron la muceta o el birrete de rector encima del féretro y llevaron sus cintas. Y en la lápida del nicho se grabó por expreso deseo de Unamuno un epitafio en el que pide a Dios que lo acoja en su seno, algo totalmente contradictorio con la decisión ulterior de la Iglesia Católica de calificarlo como “hereje máximo” y “maestro de herejes” enviando sus obras al Índice de Libros Prohibidos.

Méteme, Padre Eterno, en tu pecho

misterioso hogar

dormiré allí pues vengo deshecho

del duro bregar.

 

Bibliografía

  1. Portillo L. “Unamuno’s Last Lecture”. Horizon 1941 (Dec.) p. 394-400
  2. Salcedo E. La vida de Miguel de Unamuno. Salamanca: Ed.Anaya; 1964.
  3. Rabaté JC, Rabaté C. En el torbellino. Unamuno en la guerra civil. Madrid, Marcial Pons, Ediciones de Historia, 2018.
  4. Rabaté C, Rabaté JC. Miguel de Unamuno (1864-1936). Convencer hasta la muerte. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019.
  5. Rabaté C, Rabaté JC. Enfrentamiento en el paraninfo: Unamuno, “fulminado”. https://elpais.com/cultura/2018/05/26/actualidad/1527331721_207393.amp.html (4,noviembre,2019)
  6. Delgado S. Arqueología de un mito: el acto del 12 de octubre en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. https://gredos.usal.es/bitstream/handle/10366/137592/Arqueolog%C3%ADa%20de%20un%20mito.pdf?sequence=1&isAllowed=y (4,noviembre,2019)
  7. Angosto Saura T. D. José Pérez-López Villamil o la pasión por el recuerdo. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 1985;5:484-492.
  8. Vegas-Latapie E. Memorias políticas (II): 1936-1938: Los caminos del desengaño. Madrid : Tebas, 1987. Capítulo 24: “La última lección de Unamuno”, p. 107-114.
  9. Pemán JM. La verdad de aquel día. ABC, 26.Nov.1964, p 3. http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1964/11/26/003.html (4,noviembre,2019)

10.      Togores LE. Millán Astray Legionario. Madrid, La Esfera de los Libros, 2003. http://www.maalla.es/Libros/Millan%20Astray%20Legionario.pdf (4,noviembre

Pies de figura

Figura 1. Mesa presidencial del acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Se reconoce bien a Dña. Carmen Polo, a Unamuno y a Millán-Astray. El de la izquierda de D. Miguel debe ser el cardenal Plá y Deniel

Figura 2. Reproducción de las notas que Unamuno escribió en el reverso de una carta cuyos renglones se adivinan, antes de tomar la palabra en el acto del Paraninfo. Se leen claramente a la izquierda “imperialismo” y “Rizal” que fueron, al parecer, los detonantes de la furia de Millán-Astray.

Figura 3. Fotografía tomada al término del acto del Paraninfo. Dña. Carmen está a punto de entrar en el coche. La despedida es aparentemente cordial entre el general Millán-Astray, D. Miguel y el cardenal Plá y Deniel. Los brazos en alto de los presentes parecen indicar una actitud de repulsa hacia Unamuno.

Figura 4. Fotografía tomada unos segundos más tarde de la anterior. En ella el general Millán-Astray ha subido también al coche pero no parece que lo haga D. Miguel lo que contradice las versiones en las que fue Dña. Carmen la que llevó en su coche a Unamuno hasta su domicilio. En esta fotografía los brazos en alto y los gritos, se supone que de exaltación, se dirigen hacia el coche del general.

 

La enfermedad neurológica de “Raimundín” en la biografía de Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno y Yugo, uno de los escritores y filósofos más relevantes de la historia de España, fue una personalidad compleja, obsesiva y llena de contradicciones, en la que las crisis de fe en Dios y la angustia por el más allá tras la muerte estuvieron muy presentes y, en ocasiones, ocuparon lo más destacado de su pensamiento y de su obra. Repasando sus testimonios personales y los de sus allegados se advierte que las dudas y angustias de D. Miguel fueron en parte influenciadas por la enfermedad neurológica y la muerte de su hijo Raimundo, de las que dejó testimonios directos en cartas, poemas y dibujos, lo que motiva este artículo.

Material y método

El resumen biográfico de D. Miguel se ha elaborado a partir de las biografías que se citan en la bibliografía1-7 El análisis del estado neurológico y de las capacidades de Raimundín lo he basado en los testimonios de algunos biógrafos, pero sobre todo en las observaciones que D. Miguel destiló en algunas cartas a sus amigos y en los varios poemas que dedicó a su hijo: “Canción de cuna al niño enfermo”, “Recuerdos” y “En la muerte de un hijo” (con este título se encabezan, en las fuentes que yo he consultado, dos poemas diferentes fechados en años distintos). Las imágenes de Raimundín las he obtenido de los dibujos que el propio D. Miguel hizo de su hijo. Se conservan en la Casa-Museo de Unamuno en Salamanca y sus copias me han sido amablemente proporcionadas por D. Francisco Javier del Mazo Ruiz.

Resumen biográfico de D. Miguel de Unamuno

Los hechos y fechas más relevantes de su biografía se pueden resumir en los siguientes hitos. Unamuno nació en Bilbao (29 de septiembre de 1864) y falleció en La enfermedad neurológica de “Raimundín” en la biografía de Miguel de Unamuno, Salamanca (31 de diciembre de 1936). Su padre murió en 1870, la familia quedó en una situación económica delicada y la ayuda, y por consiguiente la influencia, de la abuela fueron muy importantes en la vida y la personalidad de Unamuno.

Siendo niño fue testigo del sitio de Bilbao en la última Guerra Carlista, entre diciembre de 1873 y mayo de 1874 cuando el general Martínez de la Concha rompió el cerco y liberó a la ciudad del asedio de los carlistas sublevados. Los acontecimientos trágicos de aquellos meses influyeron mucho en el joven Unamuno hasta el punto de inspirarle su primera novela “Paz en la Guerra” (1897).

Después de los estudios secundarios en Bilbao y los universitarios de filosofía en Madrid, volvió a Bilbao y comenzó a preparar oposiciones. Fracasó en los primeros intentos, pero en 1891 ganó la cátedra de griego en la Universidad de Salamanca. En enero de ese mismo año había contraído matrimonio con Dña. Concha Lizarraga, su novia desde adolescentes.

Tras los dos primeros hijos, Fernando y Pablo, nació Raimundo en 1896, y después vinieron Salomé, Felisa, José María, Rafael y Ramón. En marzo de 1897, y con alguna influencia como se verá más tarde de la enfermedad de Raimundo, Unamuno tuvo una de sus primeras crisis de fe religiosa y política y abandonó la agrupación socialista. Raimundo falleció a los seis años, en 1902.

En 1900 fue nombrado rector de la Universidad, cargo del que fue depuesto en 1914. En 1920 regresó a la política y en 1922 fue elegido diputado a Cortes. Así mismo volvió a desempeñar cargos académicos, primero decano de la Facultad de Letras, luego vicerrector y finalmente rector en funciones. Pero en 1923 se produjo el golpe de estado del general Primo de Rivera. Unamuno mantenía previamente una actitud abiertamente crítica contra la monarquía y el propio rey Alfonso XIII, a quien dedicaba adjetivos durísimos y fue también contrario al golpe militar. Unamuno fue destituido de sus cargos y desterrado a Fuerteventura. Aunque unos meses después se le conmutó el confinamiento, D. Miguel decidió, en muestra de rebeldía con la situación política, no volver a la península y se exiló primero en París y después en Hendaya, donde permaneció cinco años, hasta 1930.

Tras la caída del directorio y su regreso triunfal a España, Unamuno recuperó su actividad política y en 1931, ya en la II República, fue elegido concejal y diputado, alcalde honorario de Salamanca y de nuevo rector.

En 1934 se jubiló de su cátedra, aunque fue nombrado rector perpetuo. En ese año falleció su esposa.

En 1935 se distanció de la República, con la que inicialmente había simpatizado, por los excesos revolucionarios, con asesinatos arbitrarios en los que perdió amigos y colegas, así como por la sangrante persecución religiosa en la que veía una amenaza para la civilización occidental cristiana. Por eso en 1936 dio marcha atrás y comenzó su acercamiento al alzamiento de Franco. Pero tampoco pudo estar de acuerdo con las brutalidades de ese bando, que también fusiló a personas que le eran muy cercanas. De hecho, visitó personalmente a Franco para pedir clemencia para algunas de ellas. Se dio la circunstancia contradictoria de que, en agosto, por un decreto de Azaña se le desposeyó de su nombramiento de rector vitalicio, mientras que, en septiembre, por otro decreto del gobierno de Burgos se le repuso en el mismo cargo, del que de nuevo fue desposeído tras el incidente que viene a continuación.

El 12 de octubre de 1936, en el acto académico que se había programado para celebrar el Día de la Raza ocurrió el famoso incidente del Paraninfo, del que nos han llegado diferentes versiones sobre si se enfrentó o no al general Millán-Astray así como sobre el contenido de su discurso. Lo cierto es que fue destituido de su cargo de Rector Vitalicio por iniciativa del claustro ratificada en decreto firmado por el propio Franco. Tras ese encontronazo con el nuevo poder político emergente no salió de su domicilio, fuera o no confinado a él como medida disciplinaria, de la que no se tiene constancia. En los siguientes dos meses Unamuno sufrió de intensa soledad, añorando a su esposa a la que dedicó al menos un poema, de la amargura de ver desgarrarse España por el odio “de los hunos y de los hotros”, con ejemplos especialmente tristes para él como el fusilamiento del profesor Vila, rector de Granada y antiguo discípulo suyo, de una intensa preocupación por el destino de los hijos que habían quedado en Madrid y de acuciantes estrecheces económicas. Murió bruscamente el 31 de diciembre mientras estaba en conversación con Bartolomé Aragón, un joven profesor antiguo alumno suyo, por una “hemorragia bulbar debida a arteriosclerosis e hipertensión arterial” según certificaron sus médicos, sin que conste en ningún sitio que se le practicara la autopsia. A los ojos de hoy, parece más probable que fuera una muerte cardiaca.

Los mismos falangistas extremistas que en el Paraninfo lo habían abucheado y amenazado con el “viva la muerte, abajo la inteligencia” de Millán Astray, se apropiaron de su féretro y lo llevaron al cementerio bajo una bandera de la Falange y lo despidieron con gritos de “Presente” y “Arriba España”. Esta es otra de las innumerables paradojas de la biografía de Unamuno, como el contraste entre la consideración oficial de la iglesia católica como ateo peligroso y anticristiano8, “hereje máximo y maestro de herejes”9, lo que llevó a incluirlo en el Índice de autores prohibidos10 y su epitafio, que redactó él mismo:

Méteme, Padre Eterno en tu pecho,

misterioso hogar,

dormiré allí, pues vengo deshecho

del duro bregar.

La enfermedad de Raimundo

Los biógrafos de D. Miguel no nos aportan muchos detalles de la enfermedad de su hijo Raimundo, nacido el 7 de enero de 1896. En las primeras semanas de vida se da por cierto que sufrió una meningitis que algunos se aventuran a catalogar de tuberculosa. No he encontrado ninguna descripción detallada que pudiera apoyar o refutar ese diagnóstico. Pero no es del todo convincente dado que en aquellos años la mortalidad de la meningitis tuberculosa era virtualmente del 100%. Es posible que el agente etiológico fuera otro propio de la infancia, con una mortalidad más reducida y frecuentes secuelas, por ej. Haemophilus influenzae. Dado que la hidrocefalia comenzó a desarrollarse muy pronto, en el primero o segundo mes de vida, tampoco podría descartarse, en ausencia de datos del líquido cefalorraquídeo, que fuera secundaria a una hemorragia en el período neonatal.

Unamuno vivió con gran angustia la enfermedad de su hijo en los primeros meses de 1896 y lo deja reflejado en su diario y en una carta a su amigo Múgica en los que da algunos indicios del estado del niño. Al comienzo de su diario escribe algunas notas sueltas recogidas por Rabaté6:

Día 23: Entre la vida y la muerte. […] El médico; a la fuerza. Sale adelante. Estrabismo. ¿Estará ciego? Experiencias. Indigestiones. Baños. Remordimientos ulteriores. La cabeza le crece. […] Viene el médico. Temores. Yoduro de hierro. […] Perspectivas. La muerte antes que idiotismo. Mala noche.

 

Tabla 1. Resumen retrospectivo en términos neurológicos de la enfermedad de Raimundo elaborado a partir de los testimonios, escritos y dibujos, de D. Miguel de Unamuno.

  • FASE AGUDA: gravedad, riesgo de muerte
  • FASE CRÓNICA/SECUELAS:
    • Hidrocefalia (macrocefalia, fontanela abierta, diástasis de suturas)
    • Síndrome de Parinaud (paresia de la mirada hacia arriba)
    • Estrabismo
    • Bajo nivel intelectual y mutismo (no adquiere el lenguaje)
    • Contacto visual, sonrisa social
    • Paresia espástica mano derecha
    • Movimientos lentos estereotipados mano izquierda
    • Espasticidad de las piernas en aducción (con algunamovilidad voluntaria)
    • En una carta a Múgica escribe con una precisión casi clínica:

 

Hasta hoy es pequeño el aumento de la cabeza y parece que la enfermedad se ha detenido; no se le cierra, sin embargo, la fontanela, ni se le encajan las suturas de los frontales y parietales, y está muy atontado y sin muestras de atención. Usted sabe cuán escasas son las probabilidades de cura y cómo no es el peor resultado la muerte, sino que ésta se dilata años, que son años de imbecilidad e idiotismo para el pobre niño.

Sin embargo, conoce por su madre de un caso (el Dr. Gorostiza) que curó sin secuelas, a lo que se aferra todavía en el mes de abril para mantener la esperanza, pero sin mucha convicción:

… la vista siempre baja. Y ¡qué atrasado! No se ríe, no se fija, no conoce a los tres meses.

Pero para el mes de junio las esperanzas se diluyen y el niño quedó con secuelas muy importantes derivadas de una hidrocefalia crónica. De nuevo es el propio Unamuno quien en sus dibujos, cartas y poemas nos deja algunas descripciones que nos permiten vislumbrar el estado neurológico y funcional del niño que no debieron cambiar mucho en sus siguientes años de vida (tabla1).

En primer lugar, sufría un grave retraso mental. Como dice D. Miguel en el poema que tituló “En la muerte de un hijo” es seguro que el niño no adquirió el lenguaje y permanecía mudo:

Y su entreabierta boca siempre henchida

de un silencioso grito de protesta

que a la mudez del cielo respondía

con su mudez de aborto de profeta

Figura 1. Dibujo de Raimundo por su padre. La macrocefalia no es demasiado evidente y no se puede apreciar ninguna postura anormal en las extremidades del niño dormido.

Figura 2. En este dibujo, probablemente más tardío que el de la figura 1, la macrocefalia es evidente. Es posible un leve estrabismo con foria en aducción del ojo izquierdo. La postura del brazo y de la mano izquierdos parece normal. Sin embargo, hay, aparte, un apunte de la mano derecha en la que se intuye que el dedo pulgar está atrapado por los otros dedos flexionados lo que sugiere una espasticidad grave. Según testimonio de D. Miguel el niño sólo movía una mano que, de acuerdo con este dibujo, sería la izquierda.

Sin embargo, es posible que el niño pudiera llegar a percibir el ambiente pues indica Unamuno que el niño daba muestras de alegría o de risa: “no hace más que reírse Raimundín”.

  1. Miguel era un gran dibujante que ya había destacado de niño en esa faceta. Dibujaba toda clase de motivos, pero le resultaba especialmente atractivo hacer pequeñas caricaturas de sus compañeros y profesores en el instituto. En el Archivo de la Casa-Museo de Unamuno en Salamanca se conservan al menos tres dibujos que Unamuno hizo a su hijo ya enfermo. Según testimonio de Felisa Unamuno a su nieto Miguel2 y del propio D. Miguel en una carta a su hija Salomé llevaba siempre en su cartera estos dibujos lo que explica, posiblemente, sus bordes rozados y arrugados.

Guardo siempre en mi cartera un retrato que hice, a lápiz, de tu hermanito, nuestro primer Raimundo y ese misterio de una agonía inconsciente de siete años me ha hecho meditar mucho.

Da la impresión de que los tres dibujos no son simultáneos. En los dos primeros el aspecto es el de un niño pequeño, mientras que el tercero refleja ya un niño de al menos 2-3 años o quizás más.

En la figura 1 el niño aparece dormido, con ambos brazos semiflexionados, sin que se pueda apreciar claramente la postura de las manos. En la figura 2, en la que la macrocefalia es evidente, es posible apreciar un leve estrabismo con foria en aducción del ojo izquierdo. El brazo izquierdo aparece en reposo con la mano abierta normalmente. Aparte, se observa un apunte de la mano derecha que se representa cerrada, con el dedo pulgar probablemente atrapado por los otros dedos flexionados. El aspecto es el de una mano espástica y quizás distónica. D. Miguel, en el mismo poema antes mencionado, deja claro que el niño sólo movía una mano que, de acuerdo con el dibujo, sería la izquierda, aunque no es fácil deducir de la descripción poética de D. Miguel qué capacidad de movimiento conservaba:

Con el sólo bracito que movía,

-el otro inerte- en lenta lanzadera

se cunaba, o dejaba acaso al aire

de sueños inconscientes una tela.

Se diría que los movimientos de la mano izquierda pudieran ser lentos, más o menos estereotipados, quizás rítmicos para acunarse; o bien semi-voluntarios, como si pintara sus sueños en una tela, si interpreto bien el verso de D. Miguel.

Respecto a las piernas, Unamuno las describe como cruzadas “escondiendo sus vergüenzas” lo que sugiere una espasticidad grave de los músculos aductores del muslo, como es habitual en los pacientes con hidrocefalia crónica. Pero el niño debía conservar alguna movilidad voluntaria en sus piernas si hacemos caso a los versos que Unamuno incluye en otro poema, “En la enfermedad de Raimundín”, donde da a entender que el niño era capaz de reptar con esfuerzo por las piernas de su padre y subir por el tronco hasta darle un beso:

… que hasta alcanzar un beso,

cual codiciado fruto, por mis piernas

trepas con dulce anhelo…

… En el oscuro abismo de tu espíritu,

sin tú mismo saberlo,

con su follaje depurando el aire

que hinche de tu alma el pecho,

vivirá vida oscura,

la de olvidado ensueño,

el tronco paternal a que trepabas

con infantil empeño

a recoger el codiciado fruto,

de mi boca a segar amante beso.

Figura 3. Este dibujo de un niño ya mayorcito y en el que la macrocefalia es manifiesta, tiene un aliento más dramático por la expresión característica de susto o sorpresa de Raimundo, debida a los signos de la hidrocefalia crónica, la retracción del párpado superior y la desviación de los ojos hacia abajo permitiendo ver la esclerótica por encima del iris, el signo del “sol poniente”.

 

En la figura 3, D. Miguel reflejó fielmente la macrocefalia y los signos oculares de la hidrocefalia crónica del niño, que se atribuyen a la presión de los ventrículos laterales y del tercer ventrículo sobre el tegmento mesencefálico: la retracción del párpado superior con mirada de susto o sorpresa y el signo del “sol poniente” con la tendencia de los ojos a desviarse hacia abajo por la paresia supranuclear de la mirada hacia arriba, lo que deja que la esclerótica se vea por encima del iris. Unamuno ya lo observó: “siempre mira hacia abajo”. Cualquier neurólogo del mundo podría utilizar en una clase sobre la hidrocefalia este precioso dibujo que D. Miguel hizo de su hijo.

No se disponía en aquel tiempo de ningún tratamiento quirúrgico eficaz para la hidrocefalia que hubiera podido cambiar le evolución fatal de Raimundín. A pesar de que ya Karl Wernicke había hecho la primera punción y drenaje externo de una hidrocefalia nada menos que en 1881 11, se tardó varias décadas en disponer de sistemas de drenaje permanente a la aurícula derecha 12-14 y más tarde al peritoneo11.

El desdichado Raimundin murió plácidamente durante el sueño según los versos de “En la muerte de un hijo”:

Y un alba se apagó, como se apaga

al asomar el alba allá en la extrema

nebulosa del cielo aquel que nunca

podremos ver recóndito planeta

Este final y la relación entre el sueño y la muerte ya los había anticipado D. Miguel en otro poema, en la “Canción de cuna al niño enfermo”:

Duerme, flor de mi vida,

duerme tranquilo,

que es del dolor el sueño

tu único asilo.

Pronto vendrá con ansia

de recogerte

la que te quiere tanto,

la dulce Muerte.

Dormirás en sus brazos

el sueño eterno,

y para ti, mi niño,

no habrá ya invierno.

Se deduce fácilmente de ese poema que para Unamuno la muerte se presentaba ya como una liberación de la temida “idiotez” en la que había caído su hijo, y de su prolongada agonía, a pesar de que en algún momento se intenta consolar diciendo que:

… ni el loco ni el idiota sufren, pues no conocen su

mal, y aún pueden vivir contentos. No hace más que

reírse Raimundín.

La enfermedad y muerte de Raimundín en la vida de Unamuno

La enfermedad de Raimundo fue muy influyente en la vida de Unamuno, al menos durante una etapa. Tenemos testimonios suyos de la gran ilusión que tenía, desde su

juventud, en formar una familia y la alegría con la que recibió el nacimiento de cada hijo. El de Raimundo fue especial porque al ser el tercero entraba ya en la idea largamente acariciada de una familia numerosa. En un texto de su etapa de estudiante en Madrid escribió:

¡Oh! Cuando yo tenga hijos de carne y hueso, con vida, con amor y dulzura. Es uno de mis sueños… y guardo mis ternuras para cuando tenga un hijo. ¡Un hijo! Acaso llegue a tener demasiados y mis ochavos no basten. ¡Pobres niños! ¡Cuánto os quiero!

También tenemos testimonios directos de su nieto Miguel de que, en efecto, a Unamuno le encantaban los niños, los propios y los de su vecindad; jugaba con ellos y les obsequiaba con sus famosas pajaritas y gorros de papel. Se hace eco incluso de otros valiosos testimonios:

Menéndez Pidal y Pérez de Ayala han recordado cómo Don Miguel se entendía magníficamente con los niños y, niño yo y él anciano jubilado, le conocí y tal es mi recuerdo2.

Así que la enfermedad de Raimundín cayó como una bomba en el apacible hogar de Miguel y Concha, la cual lloraba a menudo cuando sostenía al niño. Se cumplió el temor de que el niño quedara inválido e “idiota”. Este término era entonces muy popular, procedente de las ideas de Esquirol para denominar a los enfermos con grave trastorno mental sin posibilidades de recuperación y contra el que Bourneville tanto luchó en su admirable tarea por apoyar a esos seres desgraciados15.

La presencia del niño enfermo se hizo constante y opresiva. A Unamuno le atormentaba la idea de que la enfermedad de Raimundín fuera el cumplimiento de un sueño premonitorio. Cuando eran novios le había relatado a Concha en una carta el contenido de un sueño:

Una noche bajó a mi mente uno de esos sueños, tristes y lúgubres que no puedo apartar de mí, que de día soy alegre. Soñé que estaba casado, que tuve un hijo, que aquel hijo se murió y que sobre su cadáver, que parecía de cera, dije a mi mujer: Mira nuestro amor, dentro de poco se pudrirá; así acaba todo…

Unamuno instaló una cuna para el niño en su despacho para poder tenerlo siempre a su lado. También animaba a sus otros hijos a jugar con Raimundo para distraerlo.

A pesar de todos sus esfuerzos por encariñarse con el niño y por intelectualizar su dolor, Unamuno no pudo sino hacerse reproches y culpabilizarse del drama de su hijo. Por un lado, pensaba que él pudiera tener la culpa por haberle transmitido al niño alguna tara genética derivada de la consanguinidad en el matrimonio de su padre, que casó con una sobrina en primer grado. Por el otro, y esto ya enlaza con toda la personalidad y el pensamiento de Unamuno, creía que fuese un castigo divino a su pérdida de la fe. D. Miguel había sido en su infancia y adolescencia un ferviente católico de misa diaria. Sus lecturas filosóficas, ya en el instituto y después en la carrera, le hicieron cuestionar la existencia de Dios y la inmortalidad del ser humano, ideas que no puede racionalizar. Kierkegaard fue una influencia capital en su existencialismo y crisis de fe, que además de ser religiosa era también de falta de fe en la razón. Pues esta le llevaba a no poder creer en lo que más deseaba: no morir. Unamuno decía que su duda no era filosófica, sino pasional, ya que el conflicto era entre los sentimientos y la razón, lo que se convirtió en una profunda agonía, en una tragedia que según sus propias palabras “es perpetua lucha sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción”16. Y esa búsqueda intelectual de Dios, en el que quiere creer de manera sencilla y sentimental como en su infancia, le acompañará toda su vida, angustiado por el silencio de Dios que no le da pruebas racionales de su existencia.

La enfermedad de su hijo le enfrentó de manera brutal a la idea de Dios y le provocó una de las crisis de angustia vital más fuertes de su vida. Los últimos meses de 1896 y los primeros de 1897 ya tras el nacimiento de Raimundo, son de una zozobra creciente por las inquietudes religiosas que lo agobian y que culminan en la noche del 21 de marzo de 1897. No puede dormir, siente la angustia de la muerte, palpitaciones, dolor en el pecho y un llanto incontenible que reflejan una crisis aguda de ansiedad con un posible fondo depresivo. Se siente acabado y culpable del sufrimiento de su hijo. Dña. Concha intenta consolarlo con gestos y palabras maternales, pero no lo consigue y D. Miguel sale de su domicilio y se refugia en el convento de los dominicos. Los testimonios difieren sobre cuánto tiempo estuvo allí. Se ha dicho, sin muchas pruebas, que hasta tres días y que pasó dos días de rodillas rezando de cara a la pared, mortificándose a sí mismo y buscando la fe infantil por cuyo abandono ahora Dios le estaba castigando. Lo que es cierto es que el mismo día 22 se desahogó en una carta a su amigo y antiguo director espiritual D. Juan José de Lecanda y el día 23 con el comienzo de un Diario Intimo17.

El día 26 de marzo escribió una breve carta a Rafael Altamira en la que le confiesa que:

Estoy de descanso tan absoluto que ni aún cartas quiero escribir. Acabo de pasar una fuerte crisis espiritual y aún no ha terminado esto. Gracias a Dios empieza a volver mi espíritu a la calma.

El padre Lecanda le apremió para que fuera a pasa unos días con él en Alcalá de Henares para una especie de “ejercicios espirituales” privados. En su diario, Unamuno recogió innumerables reflexiones sobre todos los misterios que le obsesionaban, el libre albedrío, el infierno, la muerte y sobre todo la fe en la existencia de Dios:

Maté mi fe por querer racionalizarla, justo es que ahora vivifique con ella mis adquisiciones racionales, y emplee en esta labor mi tiempo. Todo esto es para volverme loco17.

Y entre medio de tantos apuntes y reflexiones, no pocas veces en latín y griego, D. Miguel también reza a Dios:

Quiero consuelo en la vida y poder pensar serenamente en la muerte. Dame fe, Dios mío, que si logro fe en otra vida, es que la hay.

Superada esa grave crisis de marzo de 1897, ya parece que Unamuno y su esposa entraron en una fase de mayor estabilidad y aceptación de la tragedia de Raimundín. Es muy probable que el nacimiento de los siguientes hijos, especialmente de las anheladas primeras hijas, Salomé y Felisa, fuera un bálsamo importante para el matrimonio. Los siguientes testimonios directos de que se dispone sobre el drama de Raimundín corresponden ya con su muerte en 1902 a la que D. Miguel dedicó el poema “En la muerte de un hijo”. En sus versos vuelve de nuevo Unamuno a evocar cómo la presencia de su hijo enfermo espoleaba su idea recurrente y obsesiva de preguntar a Dios por nuestro destino:

… aún recuerdo que pasaba

de su cuna a la triste cabecera

preguntándole al Padre con mis ojos

trágicos de soñar, por nuestra meta”

Sin embargo, Dios permanecía mudo:

… Pero en mí se quedó y es de mis hijos

el que acaso me ha dado más idea,

pues oigo en su silencio aquel silencio

con que responde Dios a nuestra encuesta.

Los estudiosos de Unamuno han tomado poco en cuenta la importancia que la enfermedad de Raimundín tuvo en una de sus principales crisis espirituales como él mismo la calificó18. Se ha destacado mucho que Unamuno, un gran escritor, erudito y filósofo, fue un hombre que vivió entre continuas contradicciones ideológicas, personales y políticas, siendo probablemente la mayor, la de su incapacidad en profesar una fe robusta que tanto ansiaba en un Dios a quien buscaba sin cesar, como reflejan estos versos finales del último poema que se encontró en su mesa a su muerte:

¿Soñar la muerte no es matar el sueño?

¿Vivir el sueño no es matar la vida?

¿A qué poner en ello tanto empeño?:

¿aprender lo que al punto al fin se olvida

escudriñando el implacable ceño

-cielo desierto- del eterno Dueño?

 

BIBLIOGRAFIA

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  2. Unamuno Perez M. Unamuno en familia. En: Martín Martín JL (dir). Monográfico. Salamanca y su provincia en Miguel de Unamuno. Salamanca, Revista de Estudios. 1998; 41:33-48.
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  5. J. Miguel de Unamuno. Madrid: Taurus; 2012.
  6. Rabaté C, Rabaté JC. Miguel de Unamuno. Biografía.   Madrid; Taurus; 2009.
  7. Navarro Rodero C. Las edades del hombre, el escritor: Miguel de Unamuno. Norte de Salud Mental. 2015; XIII:83- 98.
  8. González Hernández de Cardenal O. La jerarquía eclesiástica ante Unamuno. Reflexiones a los cincuenta años de su muerte. Sesión del día 3 de febrero de 1987 de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Disponible en: www.racmyp.es/R/racmyp//docs/anales/A64/A64-16.pdf.
  9. González Caminero N. Unamuno: Trayectoria de su ideología y de su crisis religiosa. Santander: Universidad de Comillas; 1948. [ Patrick JG. The Message of Don Miguel de Unamuno. Evangelical Q. 1965; 2:82-93]
  10. Índice de libros prohibidos Decreto de la Congregación del Santo Oficio. «Acta Apostolicae Sedís», 1957, nº 49, p.77- 78.
  11. Weisenberg SH, TerMaath SC, Seaver CE, Killeffer JA. Ventricular catheter development: past, present and future. J Neurosurg. 2016; 125:1504-12.
  12. Torkildsen A. A new palliative operation in case of inoperable occlusion of the Sylvian aqueduct. Acta Psychiatr Scand. 1939; 82:117-24.
  13. Nulsen FE, Spitz EB: Treatment of hydrocephalus by direct shunt from ventricle to jugular vein. Surg Forum. 1951:399-403.
  14. Pudenz RH, Russell FE, Hur AH, Shelden CH. Ventriculoauriculostomy; a technique for shunting cerebrospinal fluid into the right auricle; preliminary report. J Neurosurg.1957;14:171-79.
  15. Zarranz JJ. Bourneville: un neurólogo en acción. Neurosci Hist. 2015; 3:107-15.
  16. Unamuno M. Del sentimiento trágico de la vida. La Agonía del cristianismo. Madrid; Ediciones Akal; 1983. [Unamuno M. Tragic sense of life. Hamburgo; Tredition; 2012]
  17. Unamuno M. Diario íntimo. Madrid; Alianza Editorial; 2018. [Unamuno M. Selected Works of Miguel de Unamuno, Volume 2: The Private World. Princeton; Princeton University Press; 1984]
  18. Laín Entralgo P. Cajal, Unamuno, Marañón. Tres españoles. Barcelona; Círculo de Lectores; 1988.
  19. López Castro A. El rostro en el espejo: lecturas de Unamuno. Salamanca: Universidad de Salamanca, 2010 [Bockus Aponte B. Alfonso Reyes and Spain: his dialogue with Unamuno, Valle-Inclán, Ortega Y Gasset, Jiménez, and Gómez de la Serna. Austin y Londres; University of Texas Press; 2011].

 

Artículo publicado originalmente en la revista Neurosciences & History 2018

 

Los males de la ciencia tienen remedio

En las anotaciones precedentes nos hemos dedicado a repasar los que a nuestro juicio son los males de la ciencia actual. La serie empezó por una presentación de la empresa científica, el marco institucional y económico en el que se desarrolla, y el entramado de las publicaciones científicas como producto principal. Seguimos analizando los valores de la ciencia tal y como los formuló Merton a mediados del siglo pasado. Y a continuación abordamos el repaso de una serie de males que pueden considerarse propios, específicos de la empresa científica. Las últimas anotaciones han tratado de las resbaladizas relaciones entre investigación científica y ética en diferentes planos.

La relación de “males” o “patologías” no ha pretendido ser exhaustiva. Algunas de las malas prácticas presentadas aquí lo son porque vulneran las normas de Robert K Merton, incumplen el ethos de la ciencia en los términos en que él lo definió y que, implícitamente, asumimos gran parte de los científicos. Otras tienen más que ver con aspectos nucleares de la práctica científica o con el sistema de publicaciones o de financiación de la investigación. Son, por lo tanto, diferentes y seguramente los remedios que requieran también lo sean. Pero sospechamos que una gran parte de los problemas se atenuaría si universidades y centros de investigación modificasen el sistema de incentivos que utilizan para reconocer y premiar el trabajo de su personal científico. La cantidad debería perder importancia como criterio, para ir valorando cada vez más la calidad del trabajo y la trascendencia o relevancia de las investigaciones. No se trata de acudir a indicadores de las publicaciones tal y como se utilizan hoy o, al menos, no sólo a esos indicadores (basados en métricas de impacto y similares), sino de recurrir a la valoración experta del nivel y alcance del trabajo realizado.

Tenemos por último, todos esos ámbitos en los que el desarrollo de la ciencia se enfrenta a dilemas de naturaleza ética. No se trata de dilemas específicos de la ciencia, o dilemas cuya resolución deba recaer exclusivamente sobre el mundo científico. Son, en su gran mayoría, dilemas sociales. La ciencia es, si acaso, el instrumento, pero es en el ámbito social y político donde se han de resolver. Si se han de exprimir al máximo las posibilidades que nos brinda la biotecnología, o si debemos permanecer pasivos ante la previsible robotización de la sociedad, son cuestiones que no corresponde dirimir a los científicos. Quienes hacen la investigación científica deberán aportar su criterio experto, y tanto la sociedad como los responsables deberían tomar buena nota y tener en cuenta el dictamen experto, pero en última instancia, las decisiones son de carácter social y político. Nos interesa remarcar esta diferencia, porque los males que hemos considerado intrínsecos a la ciencia lo son porque de no neutralizarlos, está en juego el propio funcionamiento del sistema científico, y en ese terreno, los miembros de ese sistema tenemos mucho que decir y que hacer. Precisamente por esa razón, no nos parece saludable que los científicos se desentiendan de las implicaciones sociales de su trabajo. Creemos que tenemos una especial responsabilidad al respecto, precisamente porque somos quienes mejor podemos calibrar el alcance de nuestro trabajo más allá de cómo quede recogido en las publicaciones científicas.

La ciencia sufre de esos y de otros males; son males serios y de graves consecuencias. Las que afectan, con carácter general, al desarrollo del conocimiento son evidentes. Pero esas no son las únicas. También hay consecuencias prácticas de gran trascendencia. En los Estados Unidos se estima que la investigación preclínica no reproducible tiene un coste anual de 28 mil millones de dólares y, por supuesto, retrasa el desarrollo de tratamientos que salvan vidas humanas y mejoran la calidad de vida. Es de suponer que en el resto de potencias científicas las cosas estarán, en su correspondiente proporción, más o menos igual.

Hay investigadores que son reticentes a abordar de forma abierta estas cuestiones, porque temen que pueden conducir a un debilitamiento de la empresa científica porque la sociedad deje de confiar en los científicos. Creo que se trata precisamente de lo contrario. La opacidad sería contraproducente. Una herida que se cierra sin haberla limpiado debidamente, se cierra en falso porque cultiva la infección en su interior y antes o después, aflorará. La vía más eficaz para sanar los males pasa por conocerlos y buscar las medidas para combatirlos. No hay que ser tan ingenuo como para pensar que muchos de los problemas aquí expuestos tienen una solución definitiva. Ningún problema complejo suele tener soluciones definitivas y, desde luego, nunca son soluciones simples. De lo que se trata es de conseguir un funcionamiento de la empresa científica razonablemente mejor que el actual, más sano, con mejores resultados, más eficiente, y que se base más en la realización de interesantes trabajos que en la producción de ingentes cantidades de artículos.

Pero a la vez que han de preocuparnos los males, también debemos congratularnos de que sea la misma comunidad científica la que está tratando de aportar soluciones. Porque han sido científicos profesionales quienes han investigado y dado a conocer las patologías que aquejan a la práctica científica. Han sido científicos profesionales y organizaciones científicas las que han propuesto medidas para afrontar los problemas y resolverlos. Y algunas revistas científicas están adoptando medidas para incentivar la transparencia y la reproducibilidad de los resultados. Esas son las buenas noticias.

Fuentes

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Briggle, A (2012): Scientific Responsability and Misconduct, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 4, pp.: 41-48, 2nd edition, Academic Press, London

Ferris, Timothy (2010): The Science of Liberty, Harper Collins, Nueva York

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Holm, S, Stokes E (2012): Precautionary Principle, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol III, pp.: 569-575, 2nd edition, Academic Press, London

Johnson, J (2012): Ethical Experiments, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 2, pp.: 149-156, 2nd edition, Academic Press, London

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López Nicolás, J M (2016): Vamos a contar mentiras. Cálamo, Madrid.

Menéndez Viso, A (2005): Las ciencias y el origen de los valores. Siglo XXI.

Merton, R K (1942): “Science and Technology in a Democratic Order” Journal of Legal and Political Sociology 1: 115-126. [Traducción al español como “La estructura normativa de la ciencia” en el volumen II de “La Sociología de la Ciencia” Alianza Editorial 1977, traducción de The Sociology of Science – Theoretical and Empirical Investigations, 1973]

Neri, D (2012): Eugenics, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 1, pp.: 189-199, 2nd edition, Academic Press, London

Oreskes, N y Conway, E N (2018): Mercaderes de la duda. Cómo un puñado de científicos oscurecieron la verdad sobre cuestiones que van desde el humo del tabaco al calentamiento global. Capitán Swing, Madrid.​

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Solbakk J H, Vidal, S M (2012): Research Ethics, Clinical, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 3, pp.: 775-785, 2nd edition, Academic Press, London

Spier, R E (2012): Science and Engineering Ethics, Overview, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 4, pp.: 14-31, 2nd edition, Academic Press, London

Di Trocchio, F (1993): “Las mentiras de la ciencia” Alianza Editorial.

Ziman, J (2000): Real Science: What It Is and What It Means. Cambridge University Press.

Zuk, M (2013): Paleofantasy: What Evolution Really Tells Us about Sex, Diet, and How We Live. Norton & Co, New York.

 

Nota:

Esta es la vigésima y última entrega de la serie “Los males de la ciencia”. Las anteriores han sido “El marco en que se desarrolla la ciencia”, “Las publicaciones científicas”, “El ethos de la ciencia”, “Los valores en la filosofía de la ciencia”, “Los dueños del conocimiento”, “El papel de los gobiernos en el desarrollo científico”, “No todos tienen las mismas oportunidades de hacer ciencia”, “El fraude y las malas prácticas en ciencia”, “Ciencia patológica”, “Sesgos cognitivos que aquejan a la ciencia”, “Sesgos ideológicos que aquejan a la ciencia”, “La crisis de reproducibilidad en ciencia”, “Parte de la investigación científica es quizás irrelevante”, “Conflictos de intereses en la ciencia”, “Mala ciencia de consecuencias catastróficas”, “La ciencia al servicio de la guerra”, “No todo vale al servicio de la ciencia”, “Dilemas éticos en la frontera de la ciencia” y “Normas de prudencia en el quehacer científico”.

 

 

Normas de prudencia en el quehacer científico

Dados los dilemas vistos en la anotación anterior y otros que no se han recogido aquí, no dejan de hacerse llamadas de atención, tanto desde la propia comunidad científica, como desde fuera de ella, advirtiendo de la necesidad de actuar con prudencia y en algún caso, de establecer moratorias al uso de ciertas tecnologías hasta no tener maás garantías acerca de su inocuidad.

Con carácter general, y en el marco de su tesis doctoral sobre el entramado de ciencia y valores, Menéndez Viso (2005) propone recuperar la noción aristotélica de prudencia (phronesis) para relacionar lo que sabemos y lo que debe hacerse. Propone que la prudencia inspire las decisiones que toman los científicos y quienes hayan de aplicar los productos de la ciencia.

En este terreno, ya desde los años setenta del siglo pasado se ha propuesto la aplicación del llamado Principio de Precaución (PP) a la hora de tomar decisiones relativas a la aplicación de las técnicas objeto de controversia.

El Principio de Precaución empezó a tener reconocimiento jurídico de orden internacional cuando la Asamblea General de Naciones Unidas adoptó la Carta Mundial de la Naturaleza. El Protocolo de Montreal lo incorporó en su formulación en 1987. Y a partir de ese momento tuvo acogida en diferentes tratados internacionales (Declaración de Río y Protocolo de Kioto). También se ha ido incorporando a diferentes legislaciones nacionales.

El Principio de Precaución se sustenta en dos ideas principales:

  1. La necesidad de que quien toma las decisiones anticipen el daño que puede causar una actuación antes de que ocurra. Esta idea lleva implícito el cambio de la carga de la prueba, porque es quien propone la actuación quien ha de demostrar que no causará daño o que es muy improbable que lo cause.
  2. La proporcionalidad entre el riesgo y los costes y viabilidad de la acción propuesta

El problema de este principio es que hay numerosas y muy diversas formulaciones del mismo, lo que es indicativo de la dificultad real para objetivar y acordar una definición. A pesar de ello, ha tenido reflejo en el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea y en la legislación de algunos de sus estados. El Consejo de Europa lo define así:

Cuando una evaluación pluridisciplinaria, contradictoria, independiente y transparente, realizada sobre la base de datos disponibles, no permite concluir con certeza sobre un cierto nivel de riesgo, entonces las medidas de gestión del riesgo deben ser tomadas sobre la base de una apreciación política que determine el nivel de protección buscado.

El problema es que es una definición ambigua. La expresión “cierto nivel de riesgo” -que puede tener consecuencias de muy largo alcance- no puede ser más indefinida. Dado que también señala que las medidas han de tomarse “sobre la base de una apreciación política”, en última instancia han de ser criterios de carácter político los que se utilicen a la hora de tomar las decisiones que corresponda.

Y de acuerdo con la fórmula recogida en la web del Parlamento Europeo, este principio habilita a quienes han de tomar decisiones para adoptar medidas de precaución tempranas cuando las pruebas científicas acerca de un peligro para el ambiente o para la salud humana son inciertas y el riesgo es alto.

Holm y Stokes (2012) reconocen la existencia de ese déficit de definición, lo que genera un amplio margen para su aplicación. En sus formulaciones más exigentes el PP es incoherente con la ciencia de la evaluación de riesgos, socava el valor del conocimiento experto y establece objetivos de riesgo 0 nada realistas. También se ha argumentado que es irracional, puesto que su aplicación llega a impedir que se realicen las investigaciones necesarias para establecer los riesgos de forma científica. Otros hemos criticado sus formulaciones más exigentes por la inversión de la carga de la prueba que conlleva, recuperando a estos efectos la filosofía de la llamada prueba diabólica.

Para quienes se oponen al PP, la ambigüedad en su formulación abre un boquete para la toma arbitraria de decisiones. Sus defensores, sin embargo, sostienen que esa ambigüedad es positiva, porque promueve la flexibilidad y la responsabilidad.

Una de las críticas más sólidas que se ha hecho al Principio de Precaución es que su aplicación puede generar costes de oportunidad que acaben causando un daño muy superior al que se pretendía evitar. De hecho, y dado que exige que la carga de la prueba recaiga sobre quien se propone desarrollar o implantar algo nuevo, y no sobre quien trata de impedirlo, sesga la toma de decisiones contra la implantación de nuevas tecnologías. Invenciones y desarrollos tecnológicos como los automóviles, por ejemplo, no habrían quizás superado la prueba de acuerdo con la definición del Consejo de Europa.

Algunos creen que, teniendo en cuenta la magnitud de los beneficios que han reportado las invenciones, la ciencia, la tecnología, en suma, la cultura, a la humanidad, la cautela también podría aplicarse en un sentido diferente. Sostienen que quizás no debería ir dirigida a limitar de forma severa el desarrollo de lo nuevo, sino que debería utilizarse de forma mucho más equilibrada. Al fin y al cabo, la posibilidad de resolver los problemas que la humanidad deba afrontar sólo dependerá de saber cómo hacerlo. Nuestras principales limitaciones son las que se derivan de la ignorancia. Por eso, creen que limitar las posibilidades de irle ganando terreno a la ignorancia puede tener efectos muy negativos.

No son dilemas fáciles. Basta recordar la tragedia de la talidomida, o los efectos del amianto, graves problemas de salud que podían haberse evitado si se hubiese sido más cauteloso en determinadas ocasiones. Pero ello no obsta para tener presente que la cautela debe tener también doble filo: además de para limitar o prohibir, también podría aplicarse para desarrollar y permitir. La evaluación de las novedades debe, por ello, ser lo más equilibrada posible, contemplando riesgos y beneficios, y tratando de evitar que la carga de la prueba recaiga siempre en quien propone alguna innovación.

Hay quien ha formalizado estas cuestiones y les ha dado un tratamiento teórico. De ahí ha surgido lo que denominan el principio de proacción. Esta idea, propuesta por el transhumanista Max More, consiste en una especie de reverso del principio de precaución y consiste en “asumir los riesgos de acuerdo con la ciencia disponible y no la percepción popular” y tener en cuenta no solo los impactos de una tecnología sino los beneficios que se pierden en el caso de no ponerla en marcha.

Para concluir, nos ha parecido de interés traer aquí la idea formulada de manera reciente por la matemática Hannah Fry, quien propone que quienes trabajan en matemáticas, ingeniería informática, ciencia y tecnología deberían hacer una especie de juramento hipocrático, en virtud del cual se comprometerían a pensar de forma rigurosa acerca de las posibles aplicaciones de su trabajo, y obligarse a sí mismos a desarrollar aquellas acerca de las cuales tengan suficientes garantías de que no serán perjudiciales para la sociedad. No es la primera iniciativa en ese sentido (aquí y aquí otras), pero es reciente y está formulada de acuerdo con un procedimiento ya utilizado en el campo de la medicina.

Nada de esto es fácil.

 

Fuentes:

Holm, S, Stokes E (2012): Precautionary Principle, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol III, pp.: 569-575, 2nd edition, Academic Press, London

Menéndez Viso, A (2005): Las ciencias y el origen de los valores. Siglo XXI.

Nota:

Esta es la décimo novena entrega de la serie “Los males de la ciencia”. Las anteriores han sido “El marco en que se desarrolla la ciencia”, “Las publicaciones científicas”, “El ethos de la ciencia”, “Los valores en la filosofía de la ciencia”, “Los dueños del conocimiento”, “El papel de los gobiernos en el desarrollo científico”, “No todos tienen las mismas oportunidades de hacer ciencia”, “El fraude y las malas prácticas en ciencia”, “Ciencia patológica”, “Sesgos cognitivos que aquejan a la ciencia”, “Sesgos ideológicos que aquejan a la ciencia”, “La crisis de reproducibilidad en ciencia”, “Parte de la investigación científica es quizás irrelevante”, “Conflictos de intereses en la ciencia”, “Mala ciencia de consecuencias catastróficas”, “La ciencia al servicio de la guerra”, “No todo vale al servicio de la ciencia”, y “Dilemas éticos en la frontera de la ciencia

Dilemas éticos en la frontera de la ciencia

Los avances científicos y tecnológicos suscitan a menudo la duda de si, además de los beneficios que se puedan derivar de ellos, pueden también dar lugar a perjuicios o, incluso, causar daños que puedan eventualmente llegar a tener efectos catastróficos. El desarrollo científico actual no se ve libre de esos dilemas, que afectan a campos y líneas de investigación en las que se han creado tecnologías con un potencial impresionante. Para ilustrar estos dilemas hemos optado por presentar brevemente aquí tres de esas áreas en las que los avances en la frontera del conocimiento generan debate, inquietud o, incluso, provocan directamente ya la oposición de ciertos sectores sociales. Nos referiremos a la ingeniería genética, la selección de embriones con características prefijadas, y la nanociencia y nanotecnología.

En materia de ingeniería genética, hay asuntos que son objeto de controversia, algunos de los cuales se exponen brevemente a continuación (Spier, 2012).

La posibilidad de secuenciar de forma barata y rápida el genoma de numerosos individuos abre la puerta a que se pida a la gente, implícita o explícitamente, que proporcione su información genética a empleadores o aseguradoras, por ejemplo. Los gobiernos, a través de los sistemas públicos de salud también tendrían acceso a esa información. La intimidad de las personas afectadas se vería en todos esos casos y otros no contemplados aquí claramente vulnerada.

La sustitución o modificación de genes que puedan condicionar la predisposición a ciertas enfermedades, la propensión a determinados rasgos de carácter, el envejecimiento, las habilidades cognitivas, los rasgos físicos, el estado de ánimo, el vigor sexual u otras características también es motivo de preocupación. ¿Dónde se establecerían los límites? ¿Quién los establecería? ¿No supondría la aplicación de estas técnicas una forma de eugenesia “positiva”? En muchos casos se trata de posibilidades todavía lejanas, por las limitaciones técnicas, pero en el supuesto de que bastantes de esas limitaciones se superasen, subsistiría el dilema de si es lícito realizar dichas prácticas o, hasta dónde llegar con ellas (Neri, 2012).

Ya se producen de forma rutinaria animales de laboratorio con características especiales. También organismos a los que se les han inactivado ciertos genes (los ratones knockout son un excelente ejemplo). La biotecnología ha abierto también la puerta a la creación de quimeras o de nuevos organismos con características predeterminadas.

De un orden completamente diferente, pues no conciernen a la naturaleza humana, son las controversias relativas a la producción de organismos transgénicos con propósitos comerciales. Nos referimos, principalmente, a la producción de semillas transgénicas o de animales de esa misma condición, como salmones de crecimiento rápido, por ejemplo. Aunque la mayoría de la comunidad científica coincide en que no se han encontrado pruebas de la peligrosidad de estos organismos, a ellos se oponen sectores sociales y políticos con gran presencia mediática. Esgrimen argumentos de carácter ecológico y razones de salud, pues sostienen que pueden causar un daño grave e irreversible a ecosistemas y seres humanos.

La edición genómica con similares propósitos haciendo uso de las técnicas CRISPR suscita la misma oposición. Es más, el pasado año el Tribunal de Justicia de la Unión Europea sentenció que los organismos que se obtengan mediante la modificación del genoma haciendo uso de esas técnicas han de ser considerados legalmente organismos transgénicos, por lo que les será de aplicación la directiva 2001/18EC. La citada resolución da la razón a varias organizaciones de empresarios agrícolas y grupos ecologistas franceses. La resolución del Tribunal es de gran trascendencia. Dadas las dificultades que han de superarse en la UE para que sea autorizado el cultivo de un transgénico, los obstáculos que deberán salvar los organismos creados mediante edición genética serán similares.

La sentencia no debería extrañar si miramos la forma en que está redactada la normativa europea en materia de organismos modificados genéticamente (OMG). Sin embargo, la decisión no se sostiene desde el punto de vista científico, tal y como explica el genetista y especialista en el uso de estas técnicas Lluís Montoliu.

Volviendo a los seres humanos, con las técnicas hoy disponibles y las que puedan desarrollarse en el futuro inmediato se han abierto posibilidades antes nunca vistas. Para empezar, se pueden hacer diagnósticos genéticos previos a la implantación de embriones, lo que abre la puerta, de entrada, a una eugenesia positiva comentada antes. En noviembre pasado, el científico chino He Jiankui anunció haber creado bebes cuyo genoma había sido editado para hacerlos resistentes al VIH y otros patógenos. El problema, como muchos científicos se encargaron de alertar, es que no es en absoluto descartable que se produzcan errores, que pueden ser fatales o causar daños inasumibles. La clonación plantea problemas similares. Además, hay una gran incertidumbre con los resultados de los tests genéticos, y ser difícilmente interpretables por los interesados (Häyry, 2012).

Por otro lado, las técnicas de reproducción asistida generan también importantes dilemas como el estatus y derechos de un embrión humano viable congelado en caso de muerte de sus progenitores, el recurso a mujeres a quienes se paga para llevar a término un embarazo, la edad de una madre en el momento de la implantación de un embrión, o el desarrollo de clones humanos, entre otros. (Spier, 2012)

De una naturaleza completamente diferente son los dilemas que plantea la nanociencia y nanotecnología por los posibles riesgos que su uso pudiera provocar. Según Maynard et al (2006) y Johnson (2012), es posible que el temor a los posibles peligros de algunas nontecnologías sea exagerado, pero no carece necesariamente de fundamento. Investigaciones que han analizado la toxicidad de nanomateriales en cultivos celulares y animales han mostrado que el tamaño, el área superficial, la química de la superficie, la solubilidad y quizás la forma influyen en cierta medida en el daño que puede producir los materiales de dimensiones nanométricas. Y por otro lado, hay quien duda de que la ciencia disponga de la tecnología adecuada para evaluar esos posibles daños.

Entiéndase que los tres casos expuestos lo son a modo de ejemplo de muchos otros posibles (inteligencia artificial, “big data”, uso de robots, etc.)

 

Fuentes: Además de las enlazadas en el texto, las fuentes utilizadas han sido los artículos de la Encyclopedia of Applied Ethics referenciados a continuación:

Häyry, M (2012): Genetic Engineering of Human Beings, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol II, pp.: 437-444, 2nd edition, Academic Press, London

Johnson, S (2012): Nanotechnology, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol III, pp.: 183-185, 2nd edition, Academic Press, London

Neri, D (2012): Eugenics, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 1, pp.: 189-199, 2nd edition, Academic Press, London

Spier, R E (2012): Science and Engineering Ethics, Overview, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 4, pp.: 14-31, 2nd edition, Academic Press, London

Notas:

  1. Esta es la décimo octava entrega de la serie “Los males de la ciencia”. Las anteriores han sido “El marco en que se desarrolla la ciencia”, “Las publicaciones científicas”, “El ethos de la ciencia”, “Los valores en la filosofía de la ciencia”, “Los dueños del conocimiento”, “El papel de los gobiernos en el desarrollo científico”, “No todos tienen las mismas oportunidades de hacer ciencia”, “El fraude y las malas prácticas en ciencia”, “Ciencia patológica”, “Sesgos cognitivos que aquejan a la ciencia”, “Sesgos ideológicos que aquejan a la ciencia”, “La crisis de reproducibilidad en ciencia”, “Parte de la investigación científica es quizás irrelevante”, “Conflictos de intereses en la ciencia”, “Mala ciencia de consecuencias catastróficas” y “La ciencia al servicio de la guerra” y “Métodos perversos al servicio de la ciencia”.
  2. La figura presenta un esquema del procedimiento de edición genómica (Wikipedia)

 

 

No todo vale al servicio de la ciencia

Experimentación con seres humanos

El primer ejemplo conocido de experimentación con seres humanos fue el de Edward Jenner, cuando inoculó a una niña de ocho años de edad el pus tomado de viruela de ganado. El experimento de Jenner resultó un éxito y abrió la era de las vacunas pero, curiosamente, hoy resultaría inaceptable. Y antes de la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos, no era infrecuente que los médicos comprasen esclavos negros para experimentar con ellos, realizando dolorosísimas y peligrosas intervenciones.

Fue en pleno siglo XX y en el contexto de la II Guerra Mundial, cuando se llegó a experimentar a gran escala con seres humanos. Como es de sobra conocido, médicos nazis realizaron experimentos atroces con prisioneros de campos de concentración (efecto de la hipoxia, efectos del gas nervioso, congelaciones, efectos de las altas presiones e ingestión de agua de mar). En Nürenberg 23 médicos fueron llevados a juicio por esas atrocidades.

Menos conocidos que los experimentos en los campos de concentración alemanes son los que realizaron los investigadores de la Unidad 731 del ejército japonés durante su ocupación de China y Manchuria durante los años 30 y 40. La Unidad 731 era de guerra química y biológica, y los experimentos, que incluían vivisecciones y provocaron la muerte de miles de prisioneros de diferentes nacionalidades, tenían como objetivo desarrollar técnicas para expandir y prevenir los efectos de agentes químicos y biológicos propios de esa modalidad bélica. En ellos colaboraron médicos y científicos, y al contrario de lo que ocurrió con los alemanes que fueron juzgados en Nürenberg, se les ofreció inmunidad a cambio de la información que poseían, información en la que estaban muy interesados científicos norteamericanos.

Entre 1963 y 1966 investigadores de la Willowbrook School de Nueva York hicieron ingerir a niños con retraso mental virus de la hepatitis vivos para estudiar la etiología de la enfermedad y la posibilidad de elaborar una vacuna.

En 1963, médicos del Hospital Judío de Enfermedades Crónicas de Brooklyn inyectaron células cancerosas vivas a pacientes ancianos sin informarles al respecto, para estudiar las respuestas inmunitarias del organismo.

En 1972 se dio a conocer que el Servicio de Salud Pública de los EEUU había desarrollado el “experimento de la sífilis de Tuskegee”, una investigación de larga duración. En ese estudio hombres afroamericanos en estadios avanzados de sífilis habían sido sometidos a experimentación sin haber garantizado que se había obtenido su consentimiento informado.

Lo que expondremos a continuación no tiene la gravedad de las actuaciones reseñadas en los párrafos anteriores, pero se trata de una práctica que se encuentra en el límite de lo admisible. Por otro lado, quizás no es del todo apropiado considerarlas como actividades al servicio de la ciencia, pero entendemos que debe figurar aquí porque, al fin y al cabo, en ella se hallan implicados médicos y científicos. Nos referimos a lo que podría denominarse, eufemísticamente, “deslocalización” de ensayos clínicos.

A lo largo de lo que llevamos de siglo, una parte importante de la investigación clínica se ha trasladado a países pobres. Ello puede haber sido debido a regulaciones cada vez más estrictas en los países desarrollados en lo relativo a la protección de las personas sujeto de los experimentos. También puede deberse a que los procedimientos se han hecho más costosos y burocratizados. Por otro lado, en los países más pobres pueden aplicarse variantes más flexibles de los protocolos de investigación. Los comités éticos son más permisivos. Los riesgos jurídicos, con las consiguientes indemnizaciones son menores de manera que los costes de los seguros también lo son. Es también más fácil contar con voluntarios para participar en ensayos clínicos. Todo ello ha conducido a que se usen estándares éticos diferentes en los países pobres y en los desarrollados.

15 ensayos clínicos en varios países africanos y República Dominicana han sido acusados de no respetar los estándares éticos exigibles. Se refiere a estudios que demostraron que suministrando AZT a mujeres embarazadas VIH-positivas y a los bebés durante 6 semanas tras el nacimiento, reducía la transmisión perinatal de VIH de un 25% a un 8%. La acusación se basó en haber mantenido un grupo control (placebo). La diferencia entre haberlo hecho con o sin placebo radicaba en la magnitud, coste y duración de los ensayos, mucho más largos y caros de no haber utilizado un grupo de placebo.

En general son muy problemáticos los ensayos hechos en países pobres: se utiliza a personas que no reciben una parte de los beneficios que proporcionan los ensayos.

Experimentación con animales

La experimentación con animales es una cuestión controvertida. Hay personas que se oponen radicalmente al uso de animales en investigación invocando argumentos de carácter ético. Sin embargo, los defensores de este tipo de investigaciones invocan la primacía del bienestar y dignidad humanas como razón para justificar su práctica, sobre todo en áreas en que se persiguen mejoras significativas en la salud humana.

La experimentación con animales tiene una larga historia que se remonta, al menos, hasta el Renacimiento. William Harvey, el descubridor de la circulación general, fue uno de los primeros, y lo justificó aduciendo que estudiando diferentes animales se podía aprender cómo funcionaba el ser humano. Y ya en el siglo XIX, son conocidísimos los experimentos con animales de Claude Bernard, experimentos que él justificaba abiertamente. En la actualidad los experimentos con animales persiguen diferentes propósitos; buscan conocer la propia biología de los animales, pero también se utilizan porque no se pueden usar seres humanos en cuestiones que nos afectan o interesan; en cierto modo son nuestros sustitutos. Los utilizamos como modelo en ensayos de fármacos y, en general, de tratamientos médicos.

La mayor parte de los laboratorios en que se trabaja con animales se encuentran en países en los que rigen normas y códigos de conducta que determinan qué prácticas son aceptables y cuáles no. Tales regulaciones persiguen disminuir el número de animales utilizados -en mayor medida cuanto más próximos se encuentren a los seres humanos- y también reducir el dolor y sufrimiento hasta los mínimos estrictamente necesarios.

En España, además de las normas legales que todos los laboratorios están obligados a cumplir, las sociedades científicas (COSCE) han impulsado un Acuerdo de transparencia sobre el uso de animales en experimentación científica. El acuerdo consiste en un documento que busca “establecer vías de comunicación entre la comunidad científica y la sociedad sobre cuándo, cómo y por qué se usan animales en investigación y los beneficios que se derivan de esta práctica”. Más de 80 instituciones (entre las que se encuentran organismos públicos de investigación como el CSIC; varias universidades; centros de investigación como CNIO y CNIC, sociedades científicas como SEBBM, SENC, empresas y hospitales) han suscrito el acuerdo, en virtud del cual se comprometen a “compartir información de forma transparente, y fomentar la comunicación acerca de la investigación con animales para hacer llegar al público toda la información sobre las razones, los métodos y el avance en el conocimiento que la misma genera y que justifica el uso de animales en investigación científica.”

 

Fuentes: Además de las enlazadas en el texto, las fuentes utilizadas han sido los artículos de la Encyclopedia of Applied Ethics referenciados a continuación:

Briggle, A (2012): Scientific Responsability and Misconduct, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 4, pp.: 41-48, 2nd edition, Academic Press, London

Johnson, S (2012): Nanotechnology, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol III, pp.: 183-185, 2nd edition, Academic Press, London

Resnik, D B (2012): Developing World Bioethics, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 1, pp.: 771-778, 2nd edition, Academic Press, London

Solbakk J H, Vidal, S M (2012): Research Ethics, Clinical, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 3, pp.: 775-785, 2nd edition, Academic Press, London

Spier, R E (2012): Science and Engineering Ethics, Overview, in Encyclopedia of Applied Ethics, Vol 4, pp.: 14-31, 2nd edition, Academic Press, London

 

Notas:

  1. Esta es la décimo séptima entrega de la serie “Los males de la ciencia”. Las anteriores han sido “El marco en que se desarrolla la ciencia”, “Las publicaciones científicas”, “El ethos de la ciencia”, “Los valores en la filosofía de la ciencia”, “Los dueños del conocimiento”, “El papel de los gobiernos en el desarrollo científico”, “No todos tienen las mismas oportunidades de hacer ciencia”, “El fraude y las malas prácticas en ciencia”, “Ciencia patológica”, “Sesgos cognitivos que aquejan a la ciencia”, “Sesgos ideológicos que aquejan a la ciencia”, “La crisis de reproducibilidad en ciencia”, “Parte de la investigación científica es quizás irrelevante”, “Conflictos de intereses en la ciencia”, “Mala ciencia de consecuencias catastróficas” y “La ciencia al servicio de la guerra”.
  2. La imagen presenta a un médico extrayendo sangre en el contexto del experimento de Tuskegee (Fuente: Wikipedia)

La ciencia al servicio de la guerra

En las guerras siempre se ha utilizado el conocimiento del que se disponía en la época. Por tanto, la ciencia y la tecnología, en tanto que formas de conocimiento, no han sido ajenas a los conflictos bélicos. Más bien habría que decir que las guerras han incentivado la generación de conocimiento científico y tecnológico, y lo siguen haciendo en la actualidad.

A Arquímedes (s III aec) se le atribuye haber inventado un dispositivo basado en espejos ustorios para concentrar rayos de luz solar y producir suficiente calor como para dar fuego a las naves que transportaban las tropas romanas que pretendían ocupar la ciudad de Siracusa. Aunque en realidad, no sabemos si esa atribución es correcta.

Si nos limitamos al siglo XX y lo que llevamos del XXI, está claro que laboratorios y despachos de científicos han tenido un protagonismo determinante en los conflictos bélicos.

Fritz Haber fue galardonado con el premio Nobel por su descubrimiento del proceso llamado de Haber-Bosch, para la síntesis catalítica de amoniaco a partir de hidrógeno y nitrógeno atmosférico bajo condiciones de alta presión y temperatura. Ese proceso abrió la era de la producción industrial de fertilizantes y, en general, de la industria química. Pues bien, él fue el químico al frente del programa de producción de gases letales que utilizó Alemania en la I Guerra Mundial. F Haber puso sus conocimientos al servicio del esfuerzo bélico alemán por su forma de entender el patriotismo; llegó a decir que «en tiempo de paz, un científico pertenece al mundo, pero en tiempo de guerra pertenece a su país».

No solo él, James Franck, Gustav Hertz y Otto Hahn, futuros premios Nobel, también formaron parte de la unidad de Haber. Y en el bando galo, otro galardonado con el Nobel, Victor Grignard, participó en el esfuerzo francés para producir gases venenosos.

El radar, invención basada en la patente obtenida por Robert Watson-Watt (descendiente de James Watt), fue seguramente determinante del curso que siguió la II Guerra mundial. El invento, de 1935, de Watson-Watt se basaba en el uso de ondas de radio para detectar y alertar de movimientos de objetos invisibles con la vista. En este caso se trató de una invención de carácter defensivo (sirvió, entre otras cosas, para poder anticipar los bombardeos alemanes sobre la población civil británica), pero en lo relativo a su influencia sobre el curso de la guerra, a largo plazo no es posible diferenciar la función defensiva de la ofensiva.

El ejemplo más evidente de contribución científica a la guerra es el proyecto Manhattan, nombre clave con el que se conocía el proyecto que desarrolló Estados Unidos para fabricar la bomba atómica durante la II Guerra Mundial. El objetivo del proyecto era producir la bomba antes de que los nazis lo consiguieran. Lo lograron, como es bien sabido. Y como consecuencia de ello, lanzaron sendas bombas sobre las ciudades japonesas de Hirosima y Nagasaki, provocando de esa forma la rendición del Japón. El proyecto, en su parte científica, fue dirigido por el físico Julius Robert Oppenheimer y de una u otra forma, participaren numerosos científicos e ingenieros. También estos científicos tomaron parte en el proyecto por una causa. Todos ellos quisieron colaborar en la derrota de las potencias del Eje.

En las guerras del siglo XXI los científicos e ingenieros siguen teniendo una función determinante en el perfeccionamiento del armamento clásico y en las innovaciones. Drones, robots, inteligencia artificial, sistemas de telecomunicaciones, invisibilidad a los sistemas de detección son áreas en las que los ejércitos más poderosos del mundo invierten enormes cantidades de recursos. Muchos científicos e ingenieros participan en el desarrollo de nuevas ideas con fines militares.

Tanto Haber como Oppenheimer ejemplifican bien el tipo de dilemas éticos al que se han de enfrentar los científicos que toman parte activa en el desarrollo de armas de gran potencial para segar vidas humanas. Ambos actuaron motivados por su compromiso con el destino de los conflictos bélicos en que se vieron involucrados. Haber por patriotismo y Oppenheimer para frenar el avance del fascismo. Sus casos son especiales porque el resultado de su trabajo científico tuvo como consecuencia la pérdida de miles de vidas humanas, pero en rigor, nada los diferencia de la actuación de otros científicos que han desarrollado y desarrollan su actividad al servicio del ejército de sus países.

Notas:

  1. Esta es la décimo sexta entrega de la serie “Los males de la ciencia”. Las anteriores han sido “El marco en que se desarrolla la ciencia”, “Las publicaciones científicas”, “El ethos de la ciencia”, “Los valores en la filosofía de la ciencia”, “Los dueños del conocimiento”, “El papel de los gobiernos en el desarrollo científico”, “No todos tienen las mismas oportunidades de hacer ciencia”, “El fraude y las malas prácticas en ciencia”, “Ciencia patológica”, “Sesgos cognitivos que aquejan a la ciencia”, “Sesgos ideológicos que aquejan a la ciencia”, “La crisis de reproducibilidad en ciencia”, “Parte de la investigación científica es quizás irrelevante”, “Conflictos de intereses en la ciencia” y “Mala ciencia de consecuencias catastróficas”.
  2. La imagen que ilustra esta anotación muestra a Fritz Haber.

 

Mala ciencia con consecuencias catastróficas

En algunas ocasiones nociones erróneas, por carecer de suficiente respaldo científico o por ser claramente anticientíficas, han conducido a la adopción de medidas que han causado gran sufrimiento humano. Lo más sangrante, además, es que quienes las han aplicado lo han hecho con el objeto de promover un nuevo (y supuestamente mejor) orden social y convencidos de que contaban con suficiente sustento científico a su favor. Nos ocuparemos aquí de dos de esos casos, el de la eugenesia y el del lysenkoismo.

Francis Galton fue un polímata británico (primo de Charles Darwin) que, abogó en 1883 por apoyar a las personas más favorecidas para que tuvieran más hijos, en detrimento de las menos favorecidas. A este proceder lo denominó eugenesia, y se basaba en una interpretación errónea de la teoría de la evolución por selección natural. La eugenesia que proponía Galton era una eugenesia positiva, pues no pretendía actuar de forma directa para evitar que los menos favorecidos tuvieran descendencia (eugenesia negativa). Pero mucho de lo que vino después no lo era.

Las propuestas eugenésicas llegaron a ser aceptadas en varios países y se llegó incluso a practicar mediante esterilizaciones masivas de personas que, supuestamente, tenían rasgos genéticos considerados indeseables. En el conjunto de estados que aprobaron leyes eugenésicas en los Estados Unidos llegaron a esterilizarse a más de sesenta mil personas a lo largo de varias décadas en pleno siglo XX. Todavía en la década de 1960, el endocrinólogo D. J. Ingle, miembro de la Academia de Ciencias, director del Departamento de Fisiología de la Universidad de Chicago y fundador de la revista Perspectives in Biology and Medicine, reivindicó la esterilización masiva de la población afroamericana para “evitar el debilitamiento de la cepa caucásica”.

En Alemania, el gobierno del III Reich, a imitación del modelo estadounidense y al servicio de las doctrinas raciales nacionalsocialistas, llegaron a esterilizar a más de 400.000 personas. En el programa, iniciado a partir del ascenso de Hitler al poder, era conocido y apoyado por buena parte de los médicos y científicos que permanecieron en Alemania. Tres de los científicos que más responsabilidad tuvieron en las esterilizaciones fueron Ernst Rüdin, director del Instituto de Psiquiatría, y Ernst Fischer y Otmar von Verschuer, directores del Instituto de Antropología. Los tres asesoraron a las autoridades alemanas. Rüdin en concreto fue uno de los autores de las leyes de pureza racial y presidió el comité para “la higiene y la política raciales” que fijó los criterios para la castración de criminales y la esterilización forzosa de mujeres consideradas inferiores.

Además de los Estados Unidos y Alemania, Canadá llevó a cabo miles de esterilizaciones forzosas hasta la década de los años setenta y otros países como Australia, Reino Unido, Noruega, Francia, Finlandia, Dinamarca, Estonia, Islandia y Suiza también desarrollaron programas de esterilización de personas que habían sido declaradas deficientes mentales.

Durante los mismos años en que se practicaban esterilizaciones forzosas masivas en Norteamérica y Europa Occidental, en la Unión Soviética se inició un proceso de eliminación de la ciencia de la genética por razones puramente ideológicas. Al frente del proceso se encontraba Trofim Denisovich Lysenko, un ingeniero agrónomo ucraniano cuyo objetivo era obtener variedades de plantas que ofreciesen un mayor rendimiento. Lysenko rechazaba los principios de la genética basada en los descubrimientos de Mendel porque pensaba que eran una construcción burguesa. Defendía, además, la visión lamarckiana de la transmisión a la descendencia de caracteres que, supuestamente, se adquieren como mecanismo de adaptación a las condiciones ambientales. Esa adaptación era según Jean-Baptiste Lamarck, padre de esa teoría, el origen de las diferencias que presentan diferentes individuos de una misma especie y que, eventualmente, pueden conducir a la aparición de especies diferentes.

Lysenko adoptó las ideas de Lamarck, que resultaron ser del agrado de las autoridades comunistas. Postuló que las condiciones ambientales podían alterar la constitución genética del trigo y llego a proponer que el trigo, cultivado en un entorno especial, podía convertirse de esa forma en centeno. El gobierno lo respaldó y le permitió dirigir los destinos de la agricultura soviética durante décadas, a pesar de los sonoros fracasos que cosechó. En 1945 llegó a presidir el Instituto de genética de la Academia Soviética de Ciencias, puesto en el que se mantuvo hasta 1965. Muchos de quienes se opusieron a su doctrina fueron eliminados o deportados a Siberia.

Los dos casos analizados tienen algo en común: al objeto de defender o promover unas ideas, o construir un nuevo orden social, hay científicos que, consciente o inconscientemente, vulneran los principios básicos del funcionamiento de la ciencia. En muchos casos ni siquiera es necesario “actuar” conscientemente de forma incorrecta. Basta con dejar actuar a algunos de los sesgos que se han visto en una anotación anterior sin tomar las medidas necesarias para impedirlo. Cuando de esa forma de proceder se derivan actuaciones que afectan a numerosas personas, las consecuencias pueden llegar a ser catastróficas.

Fuente:

Agin, D (2007): Ciencia basura. Starbooks, Barcelona.

Notas:

  1. Esta es la décimo quinta entrega de la serie “Los males de la ciencia”. Las anteriores han sido “El marco en que se desarrolla la ciencia”, “Las publicaciones científicas”, “El ethos de la ciencia”, “Los valores en la filosofía de la ciencia”, “Los dueños del conocimiento”, “El papel de los gobiernos en el desarrollo científico”, “No todos tienen las mismas oportunidades de hacer ciencia”, “El fraude y las malas prácticas en ciencia”, “Ciencia patológica”, “Sesgos cognitivos que aquejan a la ciencia”, “Sesgos ideológicos que aquejan a la ciencia”, “La crisis de reproducibilidad en ciencia”, “Parte de la investigación científica es quizás irrelevante” y “Conflictos de intereses en la ciencia”.
  2. La imagen que ilustra esta anotación muestra a Trofim Lysenko.

 

 

Conflictos de intereses en la ciencia

Como cualquier otra actividad humana, la práctica científica no está exenta de dilemas éticos. Los intereses, normalmente económicos, constituyen un incentivo muy poderoso para actuar de forma incorrecta. Por esa razón no es difícil incurrir en conflictos de intereses, que son los que enfrentan la búsqueda libre de la verdad con el deseo de satisfacer los deseos o intereses del agente que financia la investigación. En esos casos, no obstante, se pueden producir situaciones de diferente gravedad desde el punto de vista ético. La situación más justificable es la que se produce cuando de manera inconsciente de toman decisiones erróneas que favorecen el resultado supuestamente deseado por quien patrocina la investigación. Las malas decisiones pueden ser metodológicas, principalmente de índole estadística (aunque raramente si son inconscientes) o pueden obedecer a sesgos cognitivos como razonamiento motivado u otros. En teoría, si el investigador declara la posible existencia de un conflicto de intereses, su responsabilidad quedaría a salvo o, al menos, eso es lo que aceptamos socialmente.

Estas situaciones se pueden producir, por ejemplo, en el sector farmacéutico, ámbito en el que confluyen la actividad científica y los intereses de un sector empresarial poderoso. Ya en el año 2000 la industria farmacéutica destinaba del orden de mil quinientos millones de dólares a la financiación de programas universitarios. Esos fondos sirvieron para impulsar importantes proyectos de investigación, pero la posibilidad de que se lleguen a hacer públicos resultados negativos acerca de la efectividad de algún tratamiento disminuye si quien los ha obtenido depende económicamente de la empresa que financia el estudio o, incluso, gran parte de la investigación que desarrolla (Agin, 2007). En tales casos, ni siquiera viene a cuento plantear la cuestión de los conflictos de interés porque, aunque obviamente existen, no han de declararse dado que no se llegan a publicar los resultados.

Por otra parte, no está en absoluto garantizada la efectividad de buen número de los medicamentos que se aprueban y se lanzan al mercado. A modo de ejemplo, un estudio publicado en octubre de 2017 en el British Medical Journal puso de manifiesto que 33 de 68 nuevos fármacos anticancerosos aprobados por la Agencia Europea del Medicamento entre 2009 y 2013 no habían demostrado mejorar la calidad de vida o extender la supervivencia de los pacientes. Ni siquiera está claro si sus bases farmacológicas son fiables. Y por si lo anterior era poco, los que sí arrojaban resultados mejores que tratamientos ya existentes o que el placebo, a menudo tenían un efecto solo marginal.

Lo cierto es que los ensayos clínicos se pueden prestar a serias interferencias, con potenciales consecuencias graves. Esa es la razón por la que los investigadores están obligados a declarar los conflictos de interés que pudieran darse en el contexto de la investigación que da lugar a los resultados que se publican. Por eso, es muy grave que un investigador omita esa declaración, máxime cuando la materia acerca de la cual se investiga y se publica puede conducir a la aprobación o comercialización de un medicamento. Hace unos meses se dio a conocer el caso del oncólogo Josep Baselga, director médico del Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York, que no dio a conocer en sus artículos publicados en revistas tan importantes como The New England Journal of Medicine o The Lancet, el haber recibido importantes cantidades de dinero procedentes de empresas farmacéuticas.

La revista Prescrire , publicada por una asociación independiente de profesionales sanitarios, informa con regularidad de los problemas relacionados con fármacos aprobados por las autoridades. Cada año actualiza la lista de los que producen más daño que beneficio. Y en general hace un examen crítico de la información disponible acerca de los medicamentos e informa de su efectividad, y posibles problemas. El simple hecho de su existencia y su amplia difusión en el mundo sanitario de diferentes países[1] son muestra de los problemas de los que adolece el sistema farmacéutico.

Hay casos en los que a la existencia de conflictos de intereses que pueden verse alimentados por motivaciones más o menos inconscientes, se suma un deseo de obtener beneficios económicos a cambio del aval “científico” a productos que, o bien carecen de los efectos que se predican o pueden, incluso, ser perjudiciales para la salud.

En el primer caso se encuentra la actitud de científicos que avalan productos comerciales cuyos supuestos efectos beneficiosos no han sido demostrados y que, de hecho, no cuentan con la aprobación de la EFSA, la Agencia Europea de Salud Alimentaria. El bioquímico José M López Nicolás (2016) ha ilustrado esta forma de proceder por parte de científicos del CSIC que han avalado un producto comercial (revidox), por sus supuestos efectos antienvejecimiento, aunque no haya pruebas de que tal producto ejerza los efectos que se le atribuyen.

De mayor gravedad es el aval científico al consumo de alcohol (aunque sea a dosis bajas) por sus supuestos efectos beneficiosos para la recuperación física tras la práctica de alguna actividad deportiva. Cada vez hay más pruebas de que el consumo de alcohol es potencialmente dañino para la salud a cualquier dosis. Sin ir más lejos, el último gran estudio, cuyos resultados fueron publicados en The Lancet, ha llegado a esa conclusión, aunque desde hace unos años ya se dispone de datos que indican que desde dosis realmente bajas, el consumo de alcohol está asociado con la posibilidad de desarrollar varios tipos de cáncer. También sabemos ahora que el consumo incluso de bajas dosis de alcohol durante el embarazo, puede tener efectos negativos duraderos sobre el feto. Y son de sobra conocidos los efectos muy dañinos que provoca la adicción al alcohol, tanto de salud, como de convivencia y de seguridad. Por todo ello, resulta difícilmente comprensible que científicos se presten a avalar los beneficios del consumo de cerveza, por ejemplo.

Por último, cabe atribuir la máxima gravedad a la actitud de científicos que han realizado informes fraudulentos y ocultado de forma voluntaria información relevante en asuntos con graves implicaciones de salud. Nos referimos, en concreto, a los efectos del consumo de tabaco sobre la salud de fumadores (activos y pasivos).

Durante la segunda mitad del siglo pasado se fueron acumulando pruebas de la peligrosidad del tabaco. Tanto por el potente efecto adictivo de la nicotina como por la toxicidad de las numerosas sustancias que contiene, el tabaco causa un daño grave a los fumadores. Sin embargo, las compañías tabacaleras desarrollaron numerosas tácticas para contrarrestar el impacto negativo de los científicos y médicos que alertaban acerca de los males que causa el tabaco (Agin, 2007). Y entre esas tácticas, una de ellas fue la de contratar prestigiosos científicos cuyo papel fue el de obtener datos que sirviesen para sembrar dudas acerca de la vinculación entre el tabaco y el cáncer.

Las compañías de tabaco realizaron también estudios demoscópicos para conocer la opinón de la ciudadanía y poder diseñar mejores campañas de desinformación. Editaron folletos e informes para los médicos, medios de comunicación y, en general, los responsables de tomar medidas políticas y público en general; el mensaje era que no había ningún motivo de alarma. La industria sostenía que no había «ninguna prueba» de que el tabaco fuese malo y en ese quehacer contaron con el apoyo de científicos de alto nivel. Su papel en todo este asunto es hoy bien conocido y ha sido expuesto por Oreskes y Conway (2018).

Fuentes:

Agin, D (2007): Ciencia basura. Starbooks, Barcelona.

López Nicolás, J M (2016): Vamos a contar mentiras. Cálamo, Madrid.

Oreskes, N y Conway, E N (2018): Mercaderes de la duda. Cómo un puñado de científicos oscurecieron la verdad sobre cuestiones que van desde el humo del tabaco al calentamiento global. Capitán Swing, Madrid.​

Notas:

  1. Esta es la décimo cuarta entrega de la serie “Los males de la ciencia”. Las anteriores han sido “El marco en que se desarrolla la ciencia”, “Las publicaciones científicas”, “El ethos de la ciencia”, “Los valores en la filosofía de la ciencia”, “Los dueños del conocimiento”, “El papel de los gobiernos en el desarrollo científico”, “No todos tienen las mismas oportunidades de hacer ciencia”, “El fraude y las malas prácticas en ciencia”, “Ciencia patológica”, “Sesgos cognitivos que aquejan a la ciencia”, “Sesgos ideológicos que aquejan a la ciencia”, “La crisis de reproducibilidad en ciencia” y “Parte de la investigación científica es quizás irrelevante”.
  2. La imagen muestra la estructura química del resveratrol, principio activo del revidox y otros complementos a los que se atribuyen efectos beneficiosos para la salud, aunque tales efectos no han sido acreditados.

 

[1] Aunque Prescrire es un medio francés, cuenta también con una edición internacional en inglés.

Parte de la investigación científica es quizás irrelevante

La actividad investigadora no ha dejado de crecer en el mundo. Cada vez son más los países que dedican importantes volúmenes de recursos a sostenerla. Y como consecuencia de ello, cada vez hay más resultados que publicar. Por otro lado, no dejan de surgir disciplinas o subdisciplinas, y es normal que la aparición de esas disciplinas venga acompañada por la creación de una o varias revistas científicas en las que se publica los trabajos de aquellas. Además, como se ha señalado antes, los profesionales de la ciencia y quienes aspiran a formar parte de la profesión se encuentran cada vez más presionados para publicar artículos con los resultados de su trabajo. Y por otro lado, las revistas científicas cada vez imponen más restricciones a las dimensiones de cada publicación. Por todo ello, se publican infinidad de artículos científicos cada día, miles, de todo tipo de temas, cada vez más y, en promedio, cada vez más breves.

Una parte importante de esos artículos no son leídos por nadie. Según estimaciones relativamente antiguas, un 55% de los artículos científicos no se citan nunca, y muchos otros son consultados y, a veces, citados, en muy pocas ocasiones (Hamilton, 1990; Pendlebury, 1991). Las cosas, sin embargo, no parecen alcanzar extremos tan alarmantes (Van Noorden, 2017) para las alrededor de 12.000 revistas referenciadas en la Web of Science. Al parecer no llega al 10% el porcentaje de artículos no citados en las revistas de esa base de datos, aunque es probablemente bastante más alto en los miles de revistas no recogidas y que, sin embargo, figuran en el currículo de muchísimos investigadores y en la producción de muchos centros de investigación.

Un 4% de todos los artículos publicados en revistas biomédicas, un 8% de los de química y un 11% de los de física no había sido citado diez años después. Si se excluyen las autocitas, o sea, las ocasiones en que un investigador cita su propio trabajo, el porcentaje de artículos no citados sube de manera considerable (en algunas especialidades hasta un 50%). Esas son las disciplinas en las que los porcentajes de artículos no citados son los más bajos. Los artículos no citados llegan a ser el 24% en ingeniería y tecnología, mucho más alto que en las ciencias naturales. Considerando la literatura científica en su conjunto (39 millones de artículos de todas las disciplinas regogidas en la Web of Science) desde 1990 hasta 2016, un 21% no habían recibido ninguna cita. La mayor parte de esos artículos no citados se habían publicado en revistas poco conocidas. Esa es la razón por la que hay razones para pensar que el porcentaje de artículos no citados es aún mayor en las revistas no recogidas en esa base documental.

En otra categoría se encuentran las revistas de humanidades. El 65% de los artículos de ese campo no habían sido citados en 2006, lo que puede deberse, en parte al menos, a que en la investigación en humanidades hay quizás menor dependencia del saber acumulado que en las ciencias naturales. Aunque también ocurre que en la Web of Science no están bien representadas esas disciplinas, porque ignora muchas revistas y libros.

La diferencia entre las estimaciones de 1990 y 1991, por un lado, y la de 2006 por el otro, se debe, en parte, a que las primeras incluían cartas al editor, respuestas, editoriales y, en general, todas las piezas publicadas por las revistas, mientras que la última solo valoraba las de los artículos de investigación publicados. Pero otra razón es que a lo largo de los años se ha producido un descenso en el porcentaje de artículos no citados y es descenso obedece, también en parte, a que en cada artículo se incluyen cada vez más citas.

Por último, los especialistas en cienciometría advierten acerca del hecho de que hay más artículos que son citados una o dos veces que los que no son citados. Y si se tiene en cuenta lo superficiales que son muchas de las citas, el diagnóstico del fenómeno no es nada halagüeño. Hay muchísima investigación que tiene un impacto mínimo o que lo tiene nulo.

Puede resultar aventurado considerar muchos de esos artículos carentes de todo interés. La trayectoria de un artículo puede ser muy azarosa y acabar teniendo suficiente impacto muchos años después de su publicación aunque en los inmediatamente siguientes su influencia haya sido nula. Pero no es verosímil que eso ocurra con la mayoría de los artículos que no se citan o se citan mínimamente. La cruda conclusión es que mucha investigación realizada (a la vista de los datos anteriores cabría hablar quizás de un 20%, aproximadamente) no interesa a nadie, y quizás un porcentaje similar interesa a algunos, pero interesa poco. En otras palabras, una parte muy importante de la investigación no es relevante a juicio de la propia comunidad científica, por lo que es desconocida y el esfuerzo que se le ha dedicado, es un esfuerzo baldío.

Una derivación extrema y, cabría decirse, patológica, de este estado de cosas, es el fenómeno de las revistas depredadoras de acceso abierto. Como puede atestiguar cualquier investigador en ejercicio, hay empresas que organizan congresos científicos y editoriales que publican revistas supuestamente especializadas que ofrecen la posibilidad de presentar comunicaciones (en los congresos) o publicar artículos (en las revistas) previo pago de importantes cantidades de dinero. Jeffrey Beall, bibliotecario de la Universidad de Colorado en Denver (EEUU), ha confeccionado una lista de ese tipo de revistas, que puede consultarse aquí (actualizada en 2015) y Antonio Martínez Ron ha tratado el fenómeno en Vozpópuli.

Existen esas revistas y se celebran esos congresos porque hay investigadores que los alimentan con sus contribuciones. No solamente carecen de la más mínima credibilidad en la comunidad científica; no tienen, además, ningún interés para nadie. Se publican porque el sistema de publicaciones ha perdido su función original y ha pasado a satisfacer los requerimientos de una comunidad necesitada de acreditar logros para estabilizarse o progresar en la carrera académica. Las revistas de calidad, al menos, ejercen un cierto control aunque sus publicaciones tengan eco escaso o nulo. Las depredadoras no llegan ni a cubrir esos mínimos. Pero no debemos engañarnos, todo ello es consecuencia de un sistema que ha pervertido sus objetivos primordiales.

Notas:

  1. Esta es la decimoterecera entrega de la serie “Los males de la ciencia”. Las anteriores entregas han sido “El marco en que se desarrolla la ciencia”, “Las publicaciones científicas”, “El ethos de la ciencia”, “Los valores en la filosofía de la ciencia”, “Los dueños del conocimiento”, “El papel de los gobiernos en el desarrollo científico”, “No todos tienen las mismas oportunidades de hacer ciencia”, “El fraude y las malas prácticas en ciencia”, “Ciencia patológica”, “Sesgos cognitivos que aquejan a la ciencia”, “Sesgos ideológicos que aquejan a la ciencia” y “La crisis de reproducibilidad en ciencia”.
  2. La figura muestra la variación del número de artículos científicos publicados en el mundo de acuerdo con diferentes bases de datos bibliográficas. Fuente: Shiffrin et al (2018) PNAS 115 (11): 2632-2639

 

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