Matar a los hijos por venganza: una acción contra natura

Matar a un hijo (mucho más si se trata de un niño pequeño) es un fenómeno contra natura. La maternidad y la paternidad generan de forma natural en el ser humano sentimientos de ternura y de protección hacia unos seres desvalidos con los que los progenitores establecen unos vínculos de apego que facilitan la crianza y el desarrollo emocional de los menores. Además la llamada de la sangre (es decir, los vínculos biológicos establecidos entre los padres y los hijos) tiende a inhibir la implicación de los padres en conductas destructivas contra los menores. Por ello, en los casos de conflictos graves pueden ser de mayor peligro que los padres biológicos las nuevas parejas de las madres, que pueden ver en los niños un estorbo o un obstáculo interpuesto en la nueva relación de pareja y no cuentan con ese freno biológico.

Hay casos, sin embargo, como el ocurrido recientemente en Tenerife, que se separan de este esquema y nos hacen cuestionarnos sobre las motivaciones de una conducta tan aberrante. En concreto, se nos plantea de inmediato la pregunta de si quien comete el asesinato de dos hijas a sangre fría se trata de una persona con un trastorno mental. En realidad, el trato vejatorio a su expareja durante la convivencia, las infidelidades reiteradas, la falta de aceptación de la nueva vida de su exmujer con otro hombre, las conductas antisociales anteriores y, finalmente, la planificación detallada de la conducta homicida mediante un plan concebido con antelación, no revelan la existencia de una enfermedad mental. Lo que esta secuencia de conductas denota es la presencia de una alteración de la personalidad de tipo narcisista y psicopático, con profundos déficits psicológicos, tales como el descontrol de la ira, las dificultades emocionales (el afán posesivo y la dependencia emocional, a pesar de tener una nueva pareja), las distorsiones cognitivas de tipo machista en relación con la mujer y la relación de pareja y la baja autoestima (no incompatible con una aparente arrogancia), así como los déficits de comunicación y de solución de problemas. Asimismo la frialdad emocional, la falta de empatía ante la presencia de sus hijas y la planificación cuidadosa de toda la secuencia de conductas que culminan con el asesinato revelan el perfil psicopático del autor.

Es decir, la incapacidad de gestionar o tolerar la frustración de sus expectativas es un factor que aparece con frecuencia en los agresores de pareja. Los hombres homicidas, con una visión en túnel, pueden mostrar una gran dependencia emocional hacia su pareja, estar obsesionados por ella o no asumir la ruptura porque pone en cuestión su propia identidad personal. En la mente de los futuros homicidas se empiezan a desarrollar, a partir de una creencia fija, ideas obsesivas prolongadas y perseverantes que suponen una visión catastrofista de la situación actual, así como una atribución de culpa a la pareja, sin ninguna esperanza en el futuro. La violencia contra la pareja o los hijos es una violencia por compensación: el agresor intenta vencer sus frustraciones con quien tiene más a mano. Que la persona presente esta alteración de la personalidad no modifica la lucidez con que lleva a cabo sus conductas vengativas y no le exime, por tanto, de una responsabilidad plena de sus actos.

En la mayoría de los casos el deseo de venganza queda anulado por el miedo a las consecuencias penales y sociales. Pero hay un porcentaje de maltratadores en los que el efecto disuasorio de la pena o el miedo al daño que él mismo sufrirá dejan de operar. Su venganza es más fuerte que su deseo de vivir (“te mato o les mato y me mato”).

En los casos extremos el hombre, por venganza contra su pareja y por una profunda humillación (la no aceptación de la pareja de su exmujer, a pesar de contar él con una nueva pareja), puede matar a sus hijas (en lugar de a su pareja) para herirla donde más le duele. Es lo que se denomina la violencia vicaria. En estos casos las pequeñas (niñas además, con el componente de género que ello conlleva) pierden la vida utilizadas como víctimas instrumentales de una violencia machista y planificada. Matar a sus hijas es una forma de venganza extrema y supone asegurarse de que la mujer, sometida a semejante tortura, no se recuperará jamás por el dolor y la desesperanza generados.

La violencia vicaria, cuando viene acompañada del intento de ocultación o destrucción de los cadáveres de los niños, a efectos de obstaculizar su identificación, como ha ocurrido en el drama de Tenerife, supone un mayor refinamiento en la venganza. Se trata de mantener vivas las expectativas de la madre de que sus hijas pueden aparecer antes o después con vida. Ello genera un sufrimiento adicional a la madre e impide (o, cuando menos, retrasa) la elaboración del duelo. No hay nada más doloroso que tener a un hijo como desaparecido. Así se produce en la madre lo que se denomina el duelo retardado o congelado. Es un tipo de duelo que no comienza inmediatamente después de la pérdida, sino días, meses o incluso años después de una pérdida importante (cuando han aparecido los cuerpos). La cadena de sufrimiento emocional en estos casos se alarga y dificulta la recuperación emocional que traen consigo el paso del tiempo y el apoyo familiar y social de las personas que rodean a la víctima.

La conducta final de estos hombres suele ser el suicidio a pesar en muchos casos de su juventud. El sujeto, sobre todo cuando tiene un cierto grado de integración social, percibe que ya no tiene nada que perder y se muestra incapaz de poder hacer frente a las consecuencias de su conducta, a sabiendas de que antes o después va a ser detenido por la policía. Por ello, rehúye tener que enfrentarse a la censura pública por haber dado muerte a sus hijos. Se trata de un suicidio evitativo, cuyo objetivo es evitar las consecuencias posteriores del acto realizado (rechazo social, castigo penal severo, estigmatización de por vida).

Afortunadamente la violencia vicaria es muy poco frecuente, lo que no se contradice con el terrible impacto social que produce el asesinato de un menor a manos de quien más debe protegerle. No es fácil prevenir este tipo de conductas. A nivel preventivo primario, el momento clave, cuando la mujer tiene una mayor capacidad de elección, es al comienzo de la relación de pareja, cuando se está en la fase de exploración mutua. A veces el radar interno le dice a una mujer que un hombre no es de fiar, pese a su encanto aparente, y algunas señales (conductas controladoras o de celos, infidelidades reiteradas, consumo abusivo de alcohol/drogas o falta manifiesta de empatía) encienden las luces rojas.

Por último, se trata también de establecer una detección precoz (prevención secundaria) en las parejas ya establecidas. Allí donde hay hijos de por medio, lo que debe alertar a una mujer del riesgo de violencia vicaria grave son las amenazas recientes o reiteradas a la pareja o expareja de hacer daño a los hijos, las conductas recientes y frecuentes de desprecio o de maltrato hacia ellos o la intuición fundada de que la pareja o expareja pueda poner en peligro la integridad física de sus hijos. En estos casos la mujer debe contar con sus lazos familiares y sociales y buscar la ayuda y protección de los servicios comunitarios para ella y para los menores.


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